jueves, 28 de agosto de 2008

Escuela de capitanes

ESCUELA DE CAPITANES
El 'Saltillo' vive una segunda juventud entre jóvenes enamorados del mar
17.08.08 -
JULIÁN MÉNDEZ BILBAO El Correo

El puerto de Getaria rezuma un aroma salino y pesado. Su lámina de agua verde brilla bajo la luz del mediodía. En uno de los muelles, casi juntos, se yerguen tres mástiles de brillante madera barnizada. Uno pertenece al 'Acorn Grihsby', una réplica de un velero inglés del XIX que patronea un súbdito de Su Majestad: el hombre usa pantalones ya parduzcos por el sol, gasta poblada barba cana y fuma en pipa muy pausadamente. A su lado, amarrado al muelle pesquero, está el 'Saltillo', un ketch (dos palos) construido hace 76 años en Amsterdam y que sirve como buque escuela a los alumnos de Náutica de la Universidad del País Vasco. En la proa, sentados en la red armada bajo el bauprés, una pareja de tórtolos vestidos de azul marino se hacen arrumacos y carantoñas. La edad, el verano, el mar... tienen estas cosas.
El visitante se descalza para sentir el cálido piso de teka y pasea su vista por el conjunto de cabos, poleas, motones, maquinillas, cobres, palos y velas que convierten a este barco en algo único. Mikel Lejarza, el capitán del buque, ordena la maniobra para abandonar el puerto y los tripulantes, siete chicos y siete chicas, se aprestan a ocupar sus puestos. Todos los movimientos se hacen con calma, sin prisas, a lo que invita el aire de otro tiempo del velero y el espíritu reposado de sus tripulantes.
-«Todo a estribor, María», ordena Lejarza.
La timonel obedece.
Ganamos las azules y profundas aguas del Cantábrico. Lejarza ordena ahora el izado de la vela mayor, un trabajo de titanes que precisa de todas las manos. Se retira el pie de amigo, una especie de tijera de madera que ayuda a sostener la botavara sobre la cubierta, y el viejo chigre, con sus dientes metálicos y su sonido de carraca, ayuda a la tripulación a subir el trapo, que trepa asido a sus racas por el palo mayor. Un equipo iza la boca (la zona más próxima al palo) y otro, el pico.
-«¡Escota en banda! ¡Preparado trinquete y mesana!», grita Lejarza.
El velero inglés, con sus dos foques, su vela cangreja y su escandalosa, se sitúa a estribor. Su patrón remansa la vista en la hermosa estampa del 'Saltillo', ya con todas las velas largadas, y paladea su andar noble, el modo en que el tajamar hiende las aguas ultramarinas. Nosotros hacemos otro tanto. Se nombran las velas del inglés. Intercambiamos saludos. «¡¡¡Buena proa!!!»
Hay tiempo para charlar y para tratar de descubrir qué impulsa a estos chicos a dejar tierra, amores y hogar para labrarse un destino futuro en la Marina Mercante. Las respuestas son entusiásticas. Habla Gonzalo 'Tatín', proa en el velero 'Yemayay', hijo de un navegante aficionado, amante del mar desde crío y aprendiz de Simbad: «Me atrae ver mundo, recorrer países. Y estos días de crucero empiezas a vivir como marino: haces guardias, aprendes a convivir a bordo y lo básico de la navegación».
«Aquí conoces gente. Y esto te endurece, quitas los escrúpulos. No todo va a estar siempre del todo limpio», sonríe Mikel Arruabarrena, otro estudiante de Primero. ¿Y las chicas? ¿Por qué lo hacen? A popa, sentada entre un par de curricanes largados por si pica algún bonito, Natalia Odriozola Chéné suspira largamente... «el mar es mi vida; esto es lo que me gusta: la vela, el movimiento, navegar cuatro días seguidos como cuando fuimos a Brest, hacer cosas». Natalia es castreña, hija de un capitán de la Mercante, que, por esas cosas de las hijas, le llevó la contraria a su padre y estudió Biológicas. «Pero lo he dejado por el mar. Mi padre nos metió a todos esa pasión. De niños le acompañábamos en el quimiquero que mandaba. Con 14 años yo hice un Barcelona-Las Palmas-Agadir-Dakar, pasé 34 días a bordo y me gustó. Hoy las mujeres no somos unas extrañas en la Mercante», dice la amarradora del 'Saltillo'. «Me gustaría pasar unos años en petroleros o gaseros y, luego, dedicarme a Salvamento Marítimo», dice.
Guardias y literas
Los alumnos corren a la banda. Alguien ha divisado un pez luna acostado en la superficie, con su cara de alienígena y su silueta de hogaza. Al fondo, de vez en cuando, saltan atunes y otros peces que nadie acierta a identificar. La mañana pasa. Por estribor, en este viaje que nos lleva a Bermeo, asoman los acantilados de Zumaia, los caseríos de Deba y Mutriku, el puerto de Ondárroa, el capricho costero de Elantxobe, la mole del cabo Ogoño. Abajo, se afanan en preparar un arroz con pollo que, sabroso, comeremos más tarde en unos cuencos azules muy náuticos. Varios de los alumnos duermen en los camarotes, de apiñadas literas. Reponen fuerzas para cuando les toque entrar de guardia. La vida a bordo se rige por este rígido horario que divide el día en seis fragmentos de cuatro horas cada uno. «Aquí aprenden convivencia más que navegación. En estos días de roce continuo se lima cualquier carácter... o te lo liman», apunta Lejarza.
Los libros de Joseph Conrad, la saga náutica de Patrick O'Brian, las andanzas de Vito Dumas, Slocum, Moitessier, Ugarte y Basurko rondan las mentes de algunos navegantes. Pero aquí se prefiere la charleta con unas pastas de té, contemplar el horizonte sin prisas. Aquí se camina descalzo, o en chanclas, y las chicas muestran las uñas pintadas de brillantes colores: coral, rubí, azafrán... Santi Arranz, 45 años, estudiante de segundo de Navegación Marítima, es un caso singular. Violoncelista profesional y profesor de música, dice que se ha puesto a estudiar «porque me faltaban algunos conocimientos de ciencia». «Me gusta el mar, su gente, navegar, la historia... Sé que parezco fuera de lugar aquí, pero me da lo mismo. Quiero seguir moviéndome, activo», señala. Y este «culo inquieto» se lanza a hablar de las bondades de la Trigonometría Esférica y del Dibujo Técnico. Santi, que es chelo, haría buena pareja con 'Tatín', violín, para atacar 'La música nocturna de las calles de Madrid', de Bocherini, la pieza que suena al final de 'Master and Commander', pero me temo que ésa es empresa de románticos, de otro navío.
Amor por una máquina
María, la timonel escogida por su calma, se pone de nuevo a la rueda. Llegamos a Bermeo, que nos recibe con el saludo de la lamia Xixilu y con ese olor pesado de los puertos, mezcla de salitre, letrina y aceite. Raquel Sánchez, de 3º de Máquinas, llodiana y amante de «desmontar las cosas» y de llenarse las manos de grasa, confía que se enamoró de «la máquina de un barco escocés» que visitó. «Tengo muchas ganas de embarcarme», suspira. Ella es vocacional. María Martínez, no. Ella (20 años) empezó Arquitectura en Barcelona y lo dejó. «¿Futuro? Hace un año me veía haciendo mi casa. Ahora estoy aquí, navegando, al sol, conociendo el mar, que es lo que me gusta, mientras mis amigos están encerrados en una oficina. He navegado toda mi vida en vela ligera, pero esta carrera es un auténtico descubrimiento. ¿Trabajo? Quisiera estar un tiempo en la Mercante, pero aspiro a la tranquilidad que da trabajar en un Puerto», dice la bella María.
De los 350 alumnos matriculados en Náutica, apenas dos docenas se inscriben para navegar en el 'Saltillo'. «Vamos, que no hay tortas», sonríe Lejarza. La verdad es que los veteranos del barco son quienes hoy están enrolados en mercantes. Gabriel Alain Díaz, de Primero de Máquinas, para el motor. Los amarradores saltan a tierra y largan traveses y esprines. Silvia González (4º) anota los acaecimientos en el cuaderno de bitácora. Dos parejas muy maduras se acercan al barco, a husmear en esta escuela de capitanes. Pura juventud.

El día que se ahogó Bilbao

ANIVERSARIO DE LAS INUNDACIONES
El día que se ahogó Bilbao
El 26 de agosto de 1983 se desató el mayor desastre natural que han vivido Vizcaya y Álava

26.08.08 - SOLANGE VÁZQUEZ BILBAO El Correo


La tarde del 26 de agosto de 1983, Javier Pérez estaba echando la partida con unos amigos en un bar del barrio bilbaíno de Larraskitu. Era festivo, la frutería que aún hoy regenta estaba cerrada y la lluvia no le disuadió de acercarse a la taberna, pero el temporal fue arreciando y, un poco inquieto, decidió volver a su casa de El Peñascal por si pasaba algo. De camino, sus temores, que poco antes eran sólo un vago presentimiento, empezaron a tomar forma. Apenas si reconocía los lugares por donde pasaba todos los días. Árboles caídos, tuberías rotas que lanzaban chorros con la fuerza de un géiser, lodo y piedras que avanzaban ladera abajo como si tuviesen vida propia... Esa geografía monstruosa acabó cerrándole el paso. No podía llegar, era imposible. «Así que me subí a una loma para ver desde allí qué pasaba con mi casa», relata. El panorama que se mostró ante sus ojos era una pesadilla hecha realidad: su casa estaba cubierta de agua, sólo con un piquito de tejado fuera, como un animalillo asustado que estira la cabeza para no ahogarse. Horas antes, había dejado allí dentro a su mujer, Claudia San Román, cocinando una cazuela de bacalao, y a su hija de 5 años, Mónica, que dormía la siesta. Parecía que el destino le había repartido esa tarde las peores cartas imaginables.
Aunque él aún no lo sabía, a esas horas media Vizcaya y parte de Álava se habían sumergido en el caos. Las precipitaciones de 500 litros por metro cuadrado habían hecho claudicar a muchos cauces. También a la ría de Bilbao, que no pudo soportar tal cantidad de agua y se desbordó en varios puntos, ahogando el frenesí del último fin de semana de la Aste Nagusia. El Nervión cobró una fuerza tan brutal que incluso arrastró trenes de la cochera de Atxuri, echó abajo casas, se llevó vehículos, txoznas... todo lo que encontró a su paso. El descontrolado avance del agua por diferentes localidades -porque la desolación no sólo se entretuvo en las márgenes de la ría- se llevó por delante la vida de 34 personas y otras cinco ingresaron en el limbo de los desaparecidos. Municipios como Gernika, Busturia, Basauri, Llodio, Ondarroa, Arakaldo, Arrigorriaga y Galdakao, además de Bilbao, tuvieron que llorar a sus muertos mientras realizaban un esfuerzo titánico para limpiar las huellas de la catástrofe. Sólo en Vizcaya, las pérdidas superaron los 143.000 millones de pesetas.
En El Peñascal, una avalancha procedente de la cantera arrojó sobre el barrio 300.000 metros cúbicos de roca, que junto con el agua y el fango formaron un amasijo destructor que sepultó medio vecindario. Eso es lo que vio Javier, allí en su loma, más solo que nunca. «Me quedé bloqueado. Pero algo me decía que no estaban allí, debajo de todo ese barro». Y el instinto no le falló. «Nos salvamos de milagro», explica Claudia, a quien se le arrasan los ojos de lágrimas cuando evoca aquella mala hora. «Empezó a entrar agua en casa y subía muy rápido. Un hombre con una furgoneta pasó por delante y nos sacó de allí a mi hija y a mí». En su desesperada huida por un escenario que parecía sacado de una película de catástrofes -cascadas de agua lodosa, carreteras reventadas, personas a la fuga con sus pertenencias a cuestas-, una roca gigantesca hizo diana en el vehículo y lo paró en seco. Tuvieron que seguir a pie montaña arriba, aferradas a su salvador, hasta que llegaron a un lugar seguro. «Nunca supe cómo se llamaba aquel hombre», lamenta la mujer.
Fue el día de los héroes anónimos. Gente que acogía a afectados en sus casas, radioaficionados que se convirtieron en la única forma de contacto con el exterior durante las largas horas en que la villa estuvo incomunicada, vecinos que tendían cabos desde los balcones para izar a personas a punto de ser arrastradas... Muchas de estas escenas tuvieron lugar en el Casco Viejo bilbaíno, una metáfora de la felicidad perdida. El hervidero de personas que retaban a la lluvia en bares y txoznas pasó a ser un auténtico infierno, donde ya sólo se oía el estruendo del agua triturando la ciudad. Los testigos de esta brusca metamorfosis no terminaban de creérsela. «Como estábamos en fiestas, nadie prestó atención -lamenta Migueltxo Monfort, entonces representante de la comparsa Satorrak en la Comisión de Fiestas y miembro de Bihotzean, la asociación vecinal del Casco Viejo-. Ni las autoridades ni Protección Civil actuaron al ver que seguía lloviendo. Fueron las comparsas las que desalojaron El Arenal a eso de las seis de la tarde, con la esperanza de continuar la Aste Nagusia al día siguiente».
Rescate de embarazadas
Pero no pudo ser así. Aquella tarde dio paso a una noche aún peor. La población no tenía ni luz, ni agua, ni teléfono. Los Bomberos de Bilbao no daban abasto, impotentes para llegar a algunos puntos. Jacinto Rodríguez, ahora ya veterano, rescató a una pareja que estuvo a punto de morir en La Peña. «Ella estaba embarazada. Cuando se vieron a salvo, se dieron un beso. Nunca he vuelto a ver un beso así». Su compañero Juan Carlos Ruiz no logró evacuar a otra gestante. «Tuvo que dar a luz en la vivienda», relata. Seis mujeres de parto fueron trasladadas en helicópteros. En medio de la tragedia, la vida seguía abriéndose camino.
A la conmoción de aquella jornada aciaga le siguió la desolación del día 27, cuando las aguas empezaron a bajar y dejaron al descubierto el desastre. Trenes volcados en el cauce de la ría, colchones enganchados en los tendidos eléctricos, maniquíes en grotescas posturas sobre andamios derribados y coches panza arriba. Nada estaba en su sitio, ni siquiera las personas. Miles de ciudadanos se encontraban en la calle: unos se afanaban en limpiar, como Monfort, y otros simplemente no tenían dónde volver. Más de 5.000 personas se quedaron sin techo en Bilbao, entre ellas Javier y su familia, que acabaron haciendo de 'okupas' hasta que pudieron comprar un piso. Ahora que ese episodio es agua pasada, Javier ha llegado a la conclusión de que irse al bar a echar la partida fue «lo mejor». «Si hubiese estado en casa, me habría empeñado en llevarme cosas en lugar de escapar -admite-. Y eso habría sido mi muerte». Así que, al final, esa tarde no le tocó una mano tan mala.

jueves, 21 de agosto de 2008

Jesús Bar-Abbas

"Cuando yo volvía para Bezeta, se acercó a mí un hombre muy conocido en Jerusalén, que era Jesús Bar-Abbas. Era una figura descarnada, torcida, arqueada, llena de cicatrices, inmunda, siempre riéndose, desharrapada. Era una especie de truhán de Jerusalén, con sus gracejos, sus farsas, sus dislocaciones: lo maltrataban, él se reía, extendía una punta de la túnica para aparar los dracmas. Se encontraba con su lámpara en todas las bodas, gritando en todos los entierros, con una piedra en todos los alborotos, en todos los suplicios con un cántaro de posca, para vendérselo a los soldados. Tenía todos los desastres de la miseria y el vicio, y era servil. Los soldados expedicionarios le pegaban, a veces lo prendían, pero el pueblo lo cubría con una protección avara. Estaba casado. Tenía una voz vibrante, fuerte para cantar los salmos, e imitaba a los profetas predicando. Olía miserablemente a ajo".
Eça de Queirós, José Maria. Cuentos completos. Siruela, Madrid, 2004. Pág. 41.

lunes, 11 de agosto de 2008

Juan Reguillaga Arruabarrena

Las raíces de una vida

Ander Izagirre 1/08/2008

Todos los días del año, con pocas excepciones, el carpintero destajista Juan Reguillaga Arruabarrena se echa a los bosques de Vizcaya y anda dos o tres horas. No camina a paso de montañero: abandona los senderos y va husmeando entre los árboles, los helechos y las zarzas, se agacha a menudo, escarba la tierra y patea tocones. “Son andares de zorro”, dice. Busca raíces muertas, la materia prima de su arte y de su vida.
Juan obedece las instrucciones del sol. Se planta en mitad del camino, levanta el brazo izquierdo, apunta con el índice hacia lo más alto y fija su mirada en la bola de luz. Está acostumbrado al resplandor. Algunos de los acontecimientos más importantes de su vida le han llegado mirando directamente al sol. “Al principio lo veo allá arriba, pero después de un rato voy notando cómo la luz se desparrama, va cayendo hacia el bosque, y así me indica dónde están las raíces”, explica. Se gira y señala una ladera cubierta de helechos. Camina rápido hacia esa zona y rebusca hasta encontrar una vieja raíz de roble que asoma entre la vegetación. “Después de tantos años ya adivino la forma que va a tener la raíz cuando la desentierre. Ésta va a tener apariencia de perro. Ya verás”. Primero le da unas patadas para comprobar si está suelta o agarrada, la mueve con la mano, busca alrededor alguna rama (nunca lleva herramientas) y escarba con ella la tierra para ir liberando la raíz.
Estamos en Intxaurtxua, una pequeña colina de Bérriz cubierta por un pinar de repoblación. Asoman aquí y allá, entre la alfombra de helechos, algunos brotes de roble que no llegan a crecer porque la explotación maderera no les deja. A Juan le gustan especialmente las raíces de los pinos y los cerezos, aunque también busca las de los castaños y los robles. En estos parajes ha sacado muchas pero últimamente no acostumbra a venir por aquí: “Es que suele andar mucha gente y yo prefiero trabajar solo. En temporada de setas ni me acerco. Suelo recoger níscalos y hongos, pero cuando busco raíces me voy a sitios más solitarios, a los bosques de Oiz, de Otxandiano o de Forua, me salgo de los caminos y me meto entre las zarzas, los helechos y las argomas para andar tranquilo. Y prefiero que llueva: menos gente. A veces los baserritarras [los campesinos] me ven buscando algo y me dan el alto, me echan y hasta me amenazan. No están a favor de la cultura”.
Cuando una raíz se resiste, Juan la deja en su sitio. Esperará a que las lluvias se cuelen por la tierra que ha removido alrededor y vayan soltándola. Pero esta vez ha habido suerte: después de varios tirones, la raíz de roble sale con facilidad. Con una ramita va quitando la tierra adherida y empieza a interpretar las formas de la madera. “Mira, te lo había dicho: ¿no ves aquí el morro y las orejas? Y esto podría ser la boca”. A ojos de Juan, la raíz se va convirtiendo en perro. Después de desbastar un poco la pieza, la levanta como un trofeo y mira al cielo. “¡Fíjate! En cuanto saco la raíz, el sol aparece entre las nubes y pega con mucha más fuerza. ¿Lo has notado?”.
Después se toma un tiempo para cubrir el agujero del que ha sacado la raíz. Lo tapa minuciosamente con tierra, ramas y helechos. “Lo hago siempre”, explica, “porque no quiero que se lastime el ganado y porque siempre dejo el monte como estaba. Alguno te dirá que soy un loco que anda por ahí estropeando el bosque. Pero no es verdad. Esto no es una cosa de locos, es arte. Sé bien lo que hago y cuido mucho el bosque. Yo creo vida. Saco raíces muertas, siempre muertas, y al convertirlas en esculturas les doy una nueva vida”.
Juan decidió dar vida a las raíces porque ellas le dieron la vida a él. Le dieron una segunda existencia: “Yo ahora tengo 13 años”, dice. Su primera vida empezó el 28 de febrero de 1948, cuando nació en el caserío Mendibil de Leaburu (Guipúzcoa), y terminó el 28 de octubre de 1993, cuando cayó al vacío desde lo alto de una escalera, en una obra de Gernika, y quedó en coma tres días. Cuando despertó y lo llevaron a casa, pensó que iba a permanecer atado para siempre a una silla de ruedas. “Estaba medio inválido. Tenía todo el costado y el brazo izquierdo hechos polvo, no los podía mover, no andaba, me arrastraba como podía. Y menuda situación: tenía cuatro hijos, acababa de montar un taller de carpintería, debía pagar el alquiler de la casa… Y yo no valía para hacer nada”.
Un día salió de su casa de Elorrio y entró, con el cuerpo encogido, medio a rastras, torcido de dolor, a un bosque cercano. Sólo pudo recorrer trescientos metros. Pero allí encontró una raíz muerta. La tocó, la movió y empezó a sentirse cada vez mejor. Volvió a casa caminando de pie. Y en ese momento, hace trece años, comenzó su segunda vida.
Juan asegura que a través de aquella raíz recibió la fuerza y la vida que le transmitían sus difuntos padres. Con 4 años perdió a su padre Esteban. Con 18, a su madre María Josefa. “Yo sabía que mis padres me iban a ayudar en aquel momento tan malo”, dice, “y descubrí que a través de las raíces puedo conseguir lo que más deseo. Yo echaba mucho de menos a mis padres, quería estar con ellos, y lo deseaba con tanta fuerza que un día me quedé mirando al sol y allí se me apareció el rostro de mi madre”.
Desde aquella aparición, suele arrodillarse a menudo para rezar mirando al sol. A veces se coloca una gran raíz a modo de máscara y mira a través de dos huecos. Entonces nota que el rostro se le transforma en rostro de gato o de tigre. Ha visto a sus padres otra media docena de veces, en algunas ocasiones al padre, en otras a la madre, siempre a las dos y media de la tarde, casi siempre mientras miraba fijamente al sol y alguna vez en el interior de su taller. “Es que en el taller he tenido dos intoxicaciones”, explica, “porque es un local muy pequeño y sin ventilación, y como trabajo con barnices y disolventes, un par de veces se me aparecieron mis padres y luego perdí el sentido. Con el disolvente suelo tener apariciones, sobre todo con el de la marca Valentine”.
El taller de Juan es digno de ver. Y él está encantado de recibir visitas. Se encuentra en la calle Bilbao número 15 de Bérriz, al pie de la carretera nacional, junto a un oportuno semáforo. En los festivos, cuando Juan pasa los días y las noches en el taller, coloca sus obras en la cuneta a la vista de los paseantes y los conductores que se detienen con la luz roja. A quien tenga interés, le mostrará las raíces con formas de animales (están a la venta), y a quien tenga mucho interés le explicará cómo en algunas raíces también ha descubierto los rostros de sus padres y la imagen de una Virgen y de un Cristo (éstas nos las vende, claro, aunque las ha regalado a “personas especiales”). También le enseñará el taller, un cubículo estrechísimo forrado de fotos y carteles, repleto de velas, estatuillas de santos y vírgenes, imágenes de soles, raíces desperdigadas por las esquinas –algunas barnizadas y brillantes, otras húmedas y terrosas-. El olor denso a madera y a disolvente, el silencio acorchado de la madriguera, la penumbra atravesada por los chorros de luz que se cuelan por los ventanucos, forman un ambiente propicio para las apariciones.
La mayoría de sus fotos -guarda miles- son imágenes del sol, de las nubes, de reflejos en los cristales. Juan tiene la vista muy entrenada para descifrar los brillos y descubrir rostros. Sabe que donde él ve la sombra de su padre, que le sigue pegado a los talones, los demás sólo vemos la sombra de una señal. No le importa mucho. Sabe que le acusan de loco, que le ignoran o que se ríen de él. Antes se enfadaba, pero cada vez menos. Porque a él le pasó lo que le pasó, un milagro, y eso no cambia aunque los demás no le crean. Y no se va a callar: tiene la misión de contarlo, de relatar las apariciones de sus padres, la magia de las raíces, el encadenamiento de milagros.
Por ejemplo: “Una de las veces en las que me intoxiqué y perdí el sentido, mi hijo vino por casualidad al taller y me salvó. Eso fue un milagro. Cuando se lo conté a Javi, el enterrador de Etxebarri, que es amigo mío, le impresionó mucho. Como vi que tenía fe, le regalé una raíz en forma de dinosaurio y un rosario que compré en la Colegiata de Cenarruza. Y por haberle hecho ese regalo, al día siguiente se me aparecieron a la vez mi padre y mi madre”. En el fondo, Juan llama milagro a la sucesión de actos de bondad y agradecimiento. Parece difícil despreciar esa idea.
Y hasta reviste de milagro la visita de un periodista. Porque así su historia saldrá en los papeles, la conocerán otras personas y le vendrán más visitas: más milagros. “Me ha costado mucho dormir esta noche. Me puse muy nervioso cuando me dijiste que querías hacerme un reportaje”, confiesa al final del paseo por el pinar de Intxaurtxua, cuando volvemos al taller. Luego duda un poco y habla con un punto de timidez. “Me gustaría regalarte una raíz”. Le digo que no hace falta, que para mí ha sido un paseo muy interesante, que le estoy muy agradecido. Pero Juan ya ha elegido una, la más grande, una preciosa columna que crece con varios brazos sinuosos, como una llamarada de madera, hasta alcanzar un metro de altura. “¿Dónde la vas a poner?”, me pregunta. “No sé, quizá en el jardincito que tienen mis padres”. Sin darme cuenta, he tocado la tecla precisa. A Juan se le ilumina la cara. “¿Se la vas a dar a tus padres? Pues espera, espera”. Y entre las raíces que tiene colocadas en la cuneta escoge otras dos, un poco más pequeñas, pero igual de hermosas.
Insiste en cargar con todas las piezas hasta mi coche, no deja que le ayude. “Juan, por favor, ya llevo yo alguna, que pesan un montón”. “Pesan un montón, ¿eh? Pues yo he cargado con raíces como éstas durante kilómetros y kilómetros por el bosque. Yo, que estaba medio inválido”. Comprendo que no debo ayudarle. Cuando deja sus obras de arte en el maletero, me estrecha la mano y las señala: “Si esto no es un milagro, yo tendría que ser un fuera de clase”.

Lucía Zárate

Medio metro de estrella
Jordi Soler

EL PAIS SEMANAL - 27-07-2008

Lucía Zárate era la mujer más pequeña del mundo. A los 12 años, cuando ya era la reina de la farándula en Estados Unidos, medía alrededor de cincuenta centímetros de altura. Esto quiere decir que a una persona de estatura normal Lucía le llegaba, más o menos, a la rodilla. ?La mano de un adulto es un asiento amplio para ella?, dice una nota del diario The New York Sun, fechada en 1876, el año en que esta mujer liliputiense se presentó como la atracción mayor de la feria de Filadelfia.Lucía era mexicana, nació en San Rafael, en el fogoso Estado de Veracruz; sus padres, Fermín y Tomasa, eran una pareja de talla normal que tuvieron hijos de estatura normal, con la excepción de Lucía y de su hermano Manuel, que eran tan pequeñitos y tan portátiles que su madre, cuando trajinaba de arriba abajo por la casa, los llevaba con ella en los bolsillos de su bata. Manuel murió pronto de una enfermedad tropical y Lucía fue cumpliendo años envuelta en una celebridad que llegó pronto al puerto de Veracruz, al despacho de Teodoro A. Dehesa, un importante político que más tarde sería gobernador del Estado.
Dehesa quedó asombrado con la dimensión inverosímil de la niña y la envió a la ciudad de México, directamente a las oficinas de don Porfirio Díaz, que llevaba apenas unos cuantos meses en la silla presidencial. El presidente quedó igualmente asombrado con la niña y tomó la oscura decisión, que hoy sería motivo de censura y batalla, de poner a la familia Zárate en manos de ese empresario estadounidense que exhibió por primera vez a Lucía, bajo el título de ?la mujer más pequeña de la Tierra?, en la feria del centenario en Filadelfia.
Otra nota periodística del año 1876 describe así a la liliputiense mexicana: ?Su cabeza, del tamaño aproximado del puño de un hombre, está bien formada y tiene el pelo marrón y suave. Lo único que se sale de proporción es la nariz, que parece la de una mujer de tamaño normal. Tiene ojos negros brillantes, es inteligente y conversa, en la lengua de sus padres, con una graciosa vocecita?. El efecto que produjo la presentación de Lucía fue inmediato y un día después apareció, en la puerta de la suite donde se hospedaba, un famoso representante de artistas, de nombre Frank Uffner, que ofreció a Tomasa y a Fermín el éxito mundial y rutilante de su hija minúscula.
Los Zárate eran gente de pueblo, y la vida artística, un concepto que no entraba en su horizonte, pero las cifras que vaticinaba Uffner acabaron por convencerlos y, de un día para otro, se vieron embarcados en una gira maratónica que iba de feria en feria y de costa a costa, exhibiendo a esa mujer diminuta que en unas cuantas semanas había igualado la fama del General Mite, otro liliputiense con el que más tarde viviría una historia de amor, y también la leyenda del General Tom Thumb, el enano de referencia, el arquetipo de los de su tipo que, treinta años antes, había llevado el oficio de exhibirse en una carpa a niveles hasta entonces desconocidos.
El General Tom Thumb había sido reclutado por el circo de P. T. Barnum, un hombre de empresa y escrúpulos más bien escasos. Barnum, cuyas iniciales significaban Phineas Taylor, era un activista político que en 1829, a los 19 años de edad, regentaba un boyante negocio donde se vendía de todo, y poseía un periódico que ostentaba el sintomático nombre de El Heraldo de la Libertad, porque aquella ?libertad? tan sonora y ampulosa que encabezaba su diario obedecía a los ataques que, desde sus páginas editoriales, lanzaba contra la moral calvinista, que prohibía el juego y los negocios turbios, campos laborales que a Phineas Taylor le interesaban bastante. En 1835, ya que había logrado aflojar, a fuerza de artículos encendidos, la prohibición calvinista en el Estado de Connecticut, montó un teatro en Nueva York donde exhibía, todos los días y con éxito arrollador, a una mujer paralítica y ciega de 80 años que, según la publicidad del espectáculo, había sido la enfermera de George Washington y tenía la impresionante edad de 160 años. La divisa vital de Phineas Taylor era: ?Cada segundo nace un nuevo idiota?, y con el chanchullo de la enfermera echó a andar el negocio de su vida, que fue primero el ?Gran Teatro Musical y Científico Barnum?: un edificio con animales disecados en la azotea, donde tenían lugar permanentemente los actos que después conformarían su circo, con una troupe de incorrección política inenarrable que estaba compuesta de gigantes, enanos, mujeres con barba, hombres albinos, el elefante Jumbo y la sirena Fiji, que era la supuesta momia de una mujer-pez, tan falsa y engañosa como la enfermera del presidente Washington. El circo de P. T. Barnum, que con los años se reconvertiría en el legendario circo de los Ringling Brothers, contrató en 1844 los servicios del General Tom Thumb, un niño liliputiense de cuatro años de edad cuya gracia era, además de su inusual tamaño, las imitaciones que hacía de Hércules y Napoleón, mientras fumaba un enorme habano y se refrescaba la gargantita con una garrafa de vino tinto. Aquella rutina hizo rico y famoso al General Tom Thumb, pero también lo metió en una espiral viciosa que lo convirtió en alcohólico y en fumador empedernido a los nueve años de edad, y que a los once segó su vida.
El relevo del malogrado General Tom Thumb fue tomado años más tarde por el General Mite y después por su pareja escénica Lucía Zárate, la liliputiense mexicana que, luego de triunfar en todas las ferias del país, fue ofrecida por Frank Uffner al circo de P. T. Barnum.
En 1880, cuatro años después de su llegada a Estados Unidos, Lucía era la estrella del circo más importante del mundo; su papel era una simpleza: aparecía en el papel de ella misma, en un decorado que bien podía ser su propia casa, haciendo su vida normal: bebía té, hojeaba un libro, conversaba o jugaba al mus con el General Mite, mientras era contemplada por una riada de gente boquiabierta; aquel acto simple la convirtió en la figura mejor pagada del circo y la metamorfoseó en diva del espectáculo. En la gira europea que tuvo lugar ese mismo año, Lucía Zárate viajó con una asistente personal, una traductora, una cocinera, sus padres y alguno de sus hermanos de talla normal; a este séquito habría que agregar las cajas con ingredientes para preparar la comida que toleraba su frágil organismo, su extensa colección de joyas y los baúles donde guardaba su ropita mínima. La gira europea que encabezaba Lucía fue bautizada por P. T. Barnum como ?Compañía Liliputiense de Ópera?. El grupo artístico era media docena de liliputienses con nombres de guerra gigantescos como English Little Lady Millie Edwards o Sam Sammy the Sumptuos Sum, que contrastaban con sus tamaños y, sobre todo, con el nombre del gigante chino que los acompañaba, un hombre de dos metros y treinta centímetros de estatura que respondía al breve nombre de Chang.
Lucía y el gigante chino hacían juntos uno de esos números que hoy serían un reality show, aparecían en un decorado de salón o de cocina y ahí fingían llevar una vida normal de pareja, comían en la mesa, leían el periódico, conversaban en voz inaudible para que no se notara que ella hablaba español y él chino; el efecto en Inglaterra fue tan contundente que el 26 de febrero de 1881, la liliputiense mexicana fue recibida por la reina Victoria, en una audiencia privada de protocolo especial, pues la diferencia de estaturas obligó a Lucía a subirse a una escalera de tijera para estar a la altura a la hora del besamanos, las caravanas y las genuflexiones. La Compañía Liliputiense de Ópera siguió su andadura europea por Francia e Italia y recaló en Moscú, donde Lucía, conmovida por las risotadas y los palmoteos de que había hecho gala el zar, añadió un asimétrico baile kasatchok con Chang.
Lucía regresó a Estados Unidos en 1884 y la primera decisión que tomó, aconsejada por su agente Frank Uffner, fue dejar el circo de P. T. Barnum y montar un show con sus propios recursos. Lucía era tan famosa que en ese nuevo periodo de su carrera artística distintos clanes mafiosos intentaron secuestrarla en tres ocasiones; la sensación de fragilidad que le dejaron aquellas intentonas la llevó a invertir parte de su dinero, que, a pesar de las chapuzas de su agente, seguía multiplicándose, en un rancho en el Estado mexicano de Chihuahua, y unos meses después de su muerte, Fermín Zárate, su padre, invirtió el resto de la fortuna de su hija en otro rancho en Veracruz.
El 15 de enero de 1890, Lucía viajaba en tren, acompañada de su séquito, rumbo a San Francisco (California), donde tenía programada una serie de presentaciones. Aquel año el invierno era especialmente crudo y el tren quedó atrapado en una nevada histórica. Lo que al principio parecía un contratiempo fue complicándose hasta convertirse en una tragedia; la nieve siguió cayendo, y el maquinista y sus pasajeros no tuvieron más opción que esperar a que escampara la tormenta, y conforme iban pasando los días iba acabándose la leña para la calefacción. El tren estuvo atrapado 13 días en la montaña, se puso otra vez en marcha el 28 de enero, la fecha exacta en que Lucía Zárate, la mujer más pequeña del mundo, moría de hipotermia a los 25 años de edad, luego de purgar la enfermedad que le había producido el único alimento disponible a bordo, que era la carne enlatada. Los empleados de Lucía se quedaron en San Francisco, y Fermín y Tomasa Zárate cogieron un tren hacia la frontera, con el cuerpo de su hija en un pequeño ataúd. Al llegar a la frontera fueron extorsionados por la policía mexicana, que encontraba sospechoso el acto de introducir un cadáver tan pequeño al país. El ataúd quedó abierto y Lucía expuesta mientras Fermín negociaba la cantidad con el comandante; en el tiempo que les tomó llegar a un acuerdo, la gente comenzó a arremolinarse alrededor del cuerpo, alguien la había reconocido, rápidamente se había corrido la voz y, en unos cuantos minutos, Lucía Zárate se despedía del mundo exactamente como había vivido en él: contemplada por una boquiabierta multitud.