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domingo, 12 de febrero de 2012

Dilma Rousseff, ministra brasileña

La polémica ministra de Dilma: “Ya aborté dos veces”

Por: | 11 de febrero de 2012

Exguerrillera, divorciada, con dos abortos declarados y bisexual, la nueva Ministra para la Política de las Mujeres del gobierno de Dilma Rousseff, Eleonora Menicucci, de 68 años, que tomó ayer posesión de su cargo, es una mujer de armas tomar, sin pelos en la lengua.
 
Horas antes de tomar posesión de su cargo, el grupo de diputados evangélicos del Congreso, pidió su cabeza. El diputado Eduarco Cunha, del partido gobernista, PMDB llegó a decir que Menicucci, más que a nuestra era debería pertenecer a la de “Sodoma y Gomorra”.

La nueva ministra, tomó posesión al lado de la Presidenta Dilma, su compañera de cárcel y de tortura durante la dictadura militar. Recordando a las compañeras y compañeros “que habían dejado su vida en la lucha contra la dictadura”, se le hizo un nudo en la garganta y mientras se tragaba las lágrimas, fue largamente aplaudida.

A pesar de que el tema de la liberalización del aborto sigue siendo un tema tabú en Brasil por la presión tanto de la Iglesia Católica como de las Evangélicas, que casi le costó a Dilma perder las elecciones, Menicucci, doctorada en Sociología, feminista declarada, no se ha ido por las ramas: “El aborto no es un problema ideológico, sino de salud pública”, ha dicho con todas letras, dando a entender que aunque la decisión de la liberación del aborto pertenece al Congreso, tendrá en ella a una clara defensora. “Mi lucha por los derechos reproductivos y sexuales de las mujeres y mi lucha para que ninguna mujer en este país muera por muerte materna, no hace más que fortalecerme”, ha afirmado en su primera declaración como ministra

Ministra polémica y sin miedo. A una amiga suya comentó estos días: “Imagínate si voy a tener miedo a defender mis ideas después de lo que pasé en manos de los militares”. Y fue mucho: cuatro años de cárcel, torturada durante 72 días, y lo más tremendo: “A mi hija de un año y ocho meses la torturaban ante mis ojos”, recuerda, y comenta: “Fue ese el momento en el que entendí, con 26 años, la importancia de la maternidad en la mujer”.

Lo nuevo de esta ministra coraje, de esta ministra sin difuminados diplomáticos, es que no le ha importado contar el itinerario del descubrimiento de su cuerpo y de su sexualidad y del uso que hizo de ambos. Dice que descubrió durante la lucha armada, en la que asaltó bancos y supermercados para financiar a su grupo, cómo la izquierda es machista. “Ellos se acostaban con todas. Nosotras sólo podiamos hacerlo con los de nuestra célula”.

Critica que a las mujeres casi nunca les daban cargos de mando. Ella fue una excepción “pero porque me travestí de hombre”. ¿Cómo? “Adquirí actitudes masculinas y además sabía disparar”.
A su hija, nacida durante la clandestinidad, se la llevaron los militares. La veía sólo cuando la torturaban. “Delante de mi marido no lo hacían. Sólo conmigo”.

Junto con la hoy Presidenta Dilma, desilusionadas con la actitud machista de los compañeros, crearon en la cárcel un “grupo de reflexión” en el que descubrieron el feminismo, que sería a partir de entonces, el gozne de su militancia política.

Al salir de la cárcel se unió a un grupo de feministas de Belo Horizonte. “Eran todas lésbianas, pero era el único grupo feminista de entonces”, explica. A partir de ahí, toda la lucha de Menicucci tanto en la Universidad como en su trabajo político fue a favor de la defensa de los derechos de la mujer, entregada de cuerpo y alma al feminismo.
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“En la cárcel hice mis primeras experiencias sexuales con mujeres. Yo era muy libertaria. Iba también con los hombres” explica, y recuerda que no tenía problemas con su marido, hoy su ex marido y gran amigo, porque también él “era un libertario en materia de sexualidad”.

Madre de dos hijos, dice “Soy abuela de una niña engendrada por inseminación artificial en la madre lesbiana”. En su lucha contra la violencia realizada con la mujer creó grupos para enseñar a las violadas, a abortar “por aspiración”. Se había entrenado en Colombia. Se queja de que en su célula de ultra izquierdas, de lucha armada “todos te espiaban”, porque eras mujer. “Y yo quería vivir mi intimidad, mi sexualidad en paz”, porque además, afirma “eso del deseo y del placer fue siempre algo libertario para mi, por lo que era muy criticada dentro de la izquierda”

No olvida, sin embargo, que a pesar de todas sus críticas a la izquierda en la que militó, no puede dejar de reconocer que fue esa izquierda “quién nos liberó de la tiranía de la dictadura”.

Evangélicos y católicos, conservadores y políticos tradicionales podrán criticar la libertad de esta mujer sin miedo a sus palabras. Una cosa, sin embargo es cierta: nunca las mujeres en Brasil han tenido una mujer con más garra para defender sus derechos. Y la ha nombrado Dilma. Y si hay alguien que conocía a Menicucci, cómo es, lo que piensa y cree, es ella, compañera de tortura y de tristes recuerdos sombríos de terror.

Publicado en El País, 12/2/12.

Abramson, directora de The New York Times

JILL ABRAMSON

En la cúspide del periodismo

 
Jill Abramson, la primera mujer directora de The New York Times, iba hacia un gimnasio en el centro de Manhattan, una mañana de mayo de 2007, cuando un camión frigorífico la atropelló. Fractura de pelvis y pierna, lesiones internas, transfusiones de sangre, placas de metal, tres semanas en el hospital, meses en una silla de ruedas, luego muletas, luego un bastón. Un año después estaba escalando una montaña en el parque nacional de Yellowstone. Se resbaló, cayó por la ladera, se rompió la muñeca y se dislocó el hombro. Tuvieron que llevarla en helicóptero al hospital, donde los cirujanos le insertaron una placa de metal más.
Jane Mayer, amiga íntima de Abramson y corresponsal de The New Yorker en Washington, insistía en una entrevista en que sigue siendo difícil encontrar a una mujer que ocupe un cargo importante en cualquier empresa o institución a la que no se califique de "dama de hierro". Abramson otorga contenido literal, además de figurado, al término. Sus colegas la consideran dura, tenaz, adoradora de retos, una mujer que necesita demostrar lo que vale. Después de un accidente que estuvo a punto de matarla e hizo que, durante un tiempo, pensara que nunca más iba a volver a andar, tuvo que demostrar que sus huesos reconstruidos eran aún capaces de escalar montañas; hoy está empeñada en demostrar que una mujer puede asumir y conquistar el puesto más importante del periódico más admirado del mundo en una era informativa dominada por Internet en el que el futuro del sector sería incierto incluso aunque no hubiera crisis económica; en el que la supervivencia del periodismo, tal como lo conocemos, está en duda y en el que estar al frente de The New York Times exige más horas de trabajo, más versatilidad y más finura de juicio que en ningún momento. Probablemente, desde que el periódico se fundó hace 160 años.
El desafío es tan enorme que me pareció natural preguntarle enseguida, durante una entrevista que mantuve con ella en su despacho a dos meses de haber asumido el cargo de directora, si haber sido atropellada por un camión y luego caer de una montaña le habían empujado en algún momento a revisar sus prioridades, a pensar en moderar sus ambiciones terrenales, incluso en abandonar los avatares del periodismo diario por completo. La pregunta le pareció absurda. "¿Harta del periodismo?", replicó, incrédula. "¿Harta de la vida?".

El periodismo es para ella como las órdenes sagradas para un sacerdote
Su respuesta no tenía el menor atisbo de ironía. El periodismo, no deja duda alguna, es mucho más que un trabajo para ella; es una vocación. Como las órdenes sagradas para un sacerdote. Prácticamente lo reconoció en nuestra entrevista al señalar que The New York Times había sido para ella, desde que era muy joven, "como una religión", lo cual inmediatamente reforzó la impresión que uno tiene como periodista europeo: nuestros homólogos estadounidenses, y especialmente los 1.200 que trabajan para The New York Times, son fundamentalmente diferentes de nosotros. En la seriedad con que se toman a ellos mismos, en su sensación de pertenecer a una gente elegida. Podrán ser irreverentes en algunos casos, pero en el fondo se creen que han ascendido a la cima de una profesión que ellos contemplan con un altísimo grado de seriedad ética. La indignada espontaneidad de la respuesta de Abramson a mi pregunta, la imagen religiosa que eligió para describir su relación con el periódico, sirvieron para reforzar el solemne estereotipo. Y para confirmar su idoneidad espiritual como defensora de la fe, como titular de un cargo que contiene, a juicio de la mayor parte del mundo del periodismo estadounidense, y de algunos admiradores en otros países, un prestigio y una autoridad papal.
Sin embargo, no existe ninguna pompa ni en su porte ni en el despacho desde el que gobierna. Apartado en un rincón anodino de la cavernosa, arquitectónicamente vanguardista redacción de acero y cristal a la que el equipo de The New York Times se trasladó en 2007, después de abandonar el rancio edificio que había ocupado el periódico durante los 100 años anteriores, el puesto de mando de Abramson es una celda monacal en comparación con los ostentosos aposentos con los que directivos menos importantes de Manhattan recompensan sus triunfos. Una secretaria me llevó hasta allí y me quedé solo unos minutos hojeando un libro que acababa de publicar cuando sigilosamente, sin que apenas me diera cuenta, entró. De 57 años, menuda y esbelta (la persona más baja de la sala en la que después asistimos a una reunión para decidir la primera página), con el cabello cuidadosamente planchado en torno a un rostro ovalado, se sentó en un sofá que podría haber sido de Ikea sin presentarse ni preguntarme mi nombre ni hacer amago de estrecharme la mano. Lo único que dijo fue "hola". No tímida, sino segura de sí misma, estuvo sentada durante toda la entrevista con las piernas cruzadas como un hombre, el tacón del zapato derecho sobre la rodilla izquierda. Muy de vez en cuando soltaba una risa seca y ligera, pero, por lo demás, se mantuvo serena como un monje, o una monja, salvo por el traje elegante y discreto que llevaba y el ancho pañuelo de seda en unos tonos verdes y violetas propios de la vidriera de una iglesia. Me senté en otra silla, en perpendicular a ella, y le pregunté sobre su libro, el primero que ha escrito por sí sola (escribió hace tiempo con su amiga Jane Mayer uno sobre el escándalo del juez de Washington Clarence Thomas).
Para alguien cuya carrera periodística se había centrado en explicar los laberintos de la política de Washington, este libro parecía representar cierto desvío profesional, le sugerí. "Efectivamente", fue la segunda palabra que le oí pronunciar. El libro, titulado The puppy diaries: raising a dog named Scout (Diarios de un cachorro: la cría de un perro llamado Scout), tiene una fotografía de un joven golden retriever en la cubierta. Me resultaba difícil imaginar, le dije, a un director varón de The New York Times escribiendo un libro sobre la "complejidad" de las relaciones entre los seres humanos y los perros. "Quizá", respondió. "Lo escribí a partir de un blog que redactaba en nuestra página web en mi cargo anterior, el de directora adjunta. Solía matar de aburrimiento a los demás redactores con cuentos de nuestro cachorro. Alguno me habló sobre la necesidad de ampliar nuestra cobertura del mundo animal, y ahí empezó todo. Pero sí, seguramente fue... poco corriente. Porque lo que yo soy es periodista de investigación".
Y no existe nada más serio que ser periodista de investigación en The New York Times, una misión que exige la tenacidad de un detective y el rigor legal de un juez de un alto tribunal. Esa fue la esencia del puesto que ocupó en Washington para el Wall Street Journal durante nueve años y durante otros seis después de incorporarse a The New York Times en 1997 y, con el tiempo, convertirse en jefa de la oficina del diario en Washington, antes de ascender en 2003 al segundo puesto del periódico, el de directora adjunta. Escribir un blog y después un libro sobre su cachorro, en medio de todo eso, demostró osadía. Se atrevió a mostrar, en el mundo hasta entonces rígido y masculino de The New York Times, una sensibilidad manifiestamente tierna. (En el libro no se reprime de emplear expresiones como "adorar", "locamente enamorada" y "pura felicidad" para describir su relación con el perro).
¿Sería políticamente incorrecto, le planteé, preguntarse si, como mujer, aportaba una nueva dimensión al puesto de director? "No, no es políticamente incorrecto", replicó. Pero tampoco pensaba que su óptica de mujer introdujera nada especialmente nuevo en la mezcla editorial. "Quiero llevar a los lectores a la trastienda cuando ocurren grandes acontecimientos y darles una idea de lo que ha sucedido realmente en la sala. Pero no creo que pueda decirse que las noticias de primera página están ahí porque soy mujer".
Dicho esto, ser la primera mujer que manda en un periódico con 160 años de vida es algo que le parece tremendamente importante. "Estoy increíblemente orgullosa de ser la primera mujer nombrada directora de The New York Times, asumo ese trozo de historia cargado de significado, y me ha conmovido mucho ver cuántas mujeres -y cuántos hombres también- de la profesión se han emocionado con ello".

Su éxito o su fracaso se medirá en virtud del resultado de la aventura digital
Una muestra del significado que concede Abramson a la historia, y a su nombramiento, la da una vieja fotografía enmarcada que tenía en su despacho de directora adjunta de la tercera mujer periodista que trabajó para The New York Times, a comienzos del siglo pasado. Hubo pocos progresos para las mujeres hasta 1974, cuando las periodistas del diario (el 10% de la plantilla) presentaron una demanda colectiva contra el Times por discriminación. Las mujeres ganaron, pero tuvieron que pasar otros 13 años para que una de ellas, Soma Golden, ascendiera a un puesto de responsabilidad en la parte de información "seria" (y no en las secciones de "vida", "estilo" y "hogar"), como redactora jefa de nacional.
Fue un gran avance, pero no un vuelco trascendental. Cuando Joe Lelyveld asumió la dirección del periódico en 1994, se avergonzó al ver que en las reuniones de redacción había presentes muy pocas mujeres, o ninguna. El dilema, dijo, no se le quitaba de la cabeza. Y le llevó a cometer errores. "Promoví a las mujeres, pero no siempre a las mejores, y, cuando fracasaban, o cuando eran impopulares, era terrible", recordó. Sin embargo, contratar a Abramson y quitársela al Wall Street Journal bajo el mandato de Lelyveld resultó una decisión muy acertada. "Era una gran corresponsal en Washington, con grandes aptitudes investigadoras", dijo Lelyveld. "Salté ante la oportunidad de contratarla, y no solo porque era buena, sino porque, en el fondo, pensé que acabaría en un puesto de dirección".
Y así fue. Se convirtió en directora adjunta a las órdenes de Bill Keller, que pasó a ser director en 2003. Abramson no dejó que sus éxitos le impidieran ver que todavía quedaban batallas por librar. Los colegas la recuerdan en la redacción haciendo comentarios irónicos sobre la ausencia de mujeres en instancias superiores. En la reseña de un libro publicada en 2006, escribió sobre las mujeres periodistas: "Se nota nuestra ausencia en las cabeceras, en las páginas de opinión y en las primeras páginas de las grandes publicaciones".
Ya no. Hoy, más del 40% de los principales cargos del periódico están ocupados por mujeres, incluido el más importante. A propósito del anuncio de su nombramiento como motivo de celebración para las mujeres, Abramson llamó a Soma Golden, ya jubilada, la noche del 1 de junio, y le pidió que fuera a presenciar el traspaso en la redacción de The New York Times al día siguiente. Volvió a pensar en la historia. Iba a asumir el puesto por sí misma, porque era ambiciosa; iba a asumirlo por su devoción a la causa; pero también iba a asumirlo por las mujeres del mundo. "Sí", dijo Golden, encantada de que la hubiera invitado. "No cabe duda de que había algo de hermandad femenina en ello".
Igual que quizá hubo también algo de simbolismo solidario en la decisión de Abramson de llevar un vestido negro de verano para la ocasión, en lugar de pantalones. Pero la solidaridad femenina no estuvo necesariamente en evidencia en la ceremonia, en la que, según recuerda una periodista del diario, el ambiente predominante, incluso entre las propias mujeres, más que de celebración por el nombramiento de Abramson, era de pena por la marcha de Bill Keller, que había decidido voluntariamente retirarse para dedicarse a escribir. En opinión de todos, Keller, que obtuvo un Pulitzer de periodismo durante su época de corresponsal en Moscú, fue capaz de mantener estable la nave durante un periodo económico tormentoso en The New York Times ("tiempos de miedo y pánico", lo calificó un veterano periodista), provocado, como en toda la prensa, por la desaparición de periódicos impresos y una caída de los ingresos por publicidad que no se había visto compensada por la expansión de Internet, que -al ser de acceso gratuito- había tenido el efecto perverso de aumentar el número de lectores pero de reducir los ingresos. Hoy, en medio de un desolador panorama de periódicos muertos o moribundos en Estados Unidos, The New York Times se mantiene, maltrecho pero erguido. "Después de años de dedicarse a escribir necrológicas prematuras o incluso aplaudir nuestra muerte, creo que hemos pasado de terrible desánimo a un punto en el que las cosas están estables y confiamos en nuestra supervivencia", dijo Keller, expresando una opinión generalizada entre sus antiguas tropas aliviadas.
Mientras que viejos rivales como el Washington Post y el Chicago Tribune han eliminado casi por completo las corresponsalías, The New York Times tiene casi tantas como antes de que Keller se hiciera cargo de la dirección, en 2003. Aunque no existe margen para la autocomplacencia, como dijo Keller, en estos momentos el periódico ingresa más dinero del que gasta. Uno de los factores que lo explica, importante y alentador, es que la decisión tomada en marzo de este año de cobrar por el pleno acceso a la página web del periódico ha resultado, pese a todas las advertencias en sentido contrario, un éxito. El número de suscriptores de Internet se acerca ya a los 300.000 y, si se añaden los suscriptores al periódico impreso, el total es la sólida cifra de 850.000.
Por todos esos motivos, y también porque Keller era considerado en general como una persona inteligente y justa, el nombramiento de Abramson no se recibió con alegría inmediata entre los redactores. En cuanto a los méritos intrínsecos de Abramson para el puesto, las opiniones estaban divididas, y siguen estándolo. Un indicio de lo que piensa la gente lo dan las reacciones a la publicación del libro sobre el cachorro. Para los que están en contra, es ridículo; para los que están a favor, es señal de una extraordinaria seguridad en sí misma. En conversaciones forzosamente off-the-record (pese a lo mortificante que resulta para unos periodistas, precisamente, rebajarse a semejante cobardía), la postura de los detractores es que Abramson no es una gran intelectual, en contraste con la opinión general sobre Keller y Lelyveld; que no es una periodista de investigación tan buena como ella piensa (no tiene ningún premio Pulitzer en su repisa); que fue jefa de la delegación en Washington durante un periodo en el que muchos consideran que el periódico fue incapaz de proponer argumentos contundentes contra la guerra del presidente George W. Bush en Irak; que es una manipuladora política; que, también a diferencia de Keller y Lelyveld, y de la mayoría de los directores ejecutivos de los últimos 50 años, no tiene ninguna experiencia como corresponsal en el extranjero; que pasa demasiado tiempo prestando una frívola atención a la cultura popular a través del canal Entertainment Television; que es distante, temperamental y no sabe escuchar.
Los que están a favor de su nombramiento (hablé con una docena de periodistas que la conocen) opinan que es extremadamente inteligente; que lo hizo muy bien como directora adjunta; que tener astucia política y ascender a la cima de una empresa son dos cosas que siempre van unidas; que, como jefa de la oficina de Washington, no tuvo más remedio que adquirir grandes conocimientos de política exterior; y que la responsabilidad de cualquier fallo a propósito de Irak es del periódico en general, no suya. En cuanto a su interés frívolo y al parecer reciente por la cultura popular, sus partidarios lo consideran una prueba de la seriedad con la que se toma un trabajo que le exige aprender sobre la amplia variedad de temas que surgen en Internet.
En lo que tanto los partidarios como los detractores están de acuerdo, no obstante, es en que efectivamente tiene la reputación de ser distante y temperamental, además de no saber escuchar. Ella es consciente y ha tomado medidas. En primer lugar, nombrando a Dean Baquet, que es negro, su número dos. Baquet es sociable y simpático, y en el periódico es ampliamente respetado; segundo, haciendo realidad en parte una promesa que incluyó en su discurso de aceptación, el día en el que se anunció su nombramiento, de ser accesible a todos. No se ha dejado ver en la redacción tanto como algunos esperaban que hiciera, pero sí ha insistido (tal vez aplicando las enseñanzas de su experiencia como criadora de un cachorro) en recompensar la buena conducta, por ejemplo enviando e-mails de felicitación a los que han hecho un trabajo especialmente bueno. Eso no era habitual con el régimen anterior, e incluso veteranos reporteros confiesan que agradecen esas palmadas digitales en la espalda.
Por otra parte, no sería propio del estilo de Abramson mostrarse sensiblera con sus subordinados en persona. Ella misma cuenta en el libro del cachorro que su hermana le dijo una vez: "Fuiste una madre maravillosa, pero nunca te he visto tan cariñosa ni expresiva con nadie como con este perro". "Es verdad", escribe Abramson. Y reconoce que su relación sentimental con su perro parece darle "un certificado de mejor persona". Existe otra historia de la que pocos fuera de su círculo íntimo han oído hablar y parece indicar que tiene más de amable de lo que dicen sus detractores. Jane Mayer me contó que Abramson y su marido Henry Griggs, un compañero de clase en Harvard con el que lleva casada 30 años, tienen un "hijo adoptado", o algo muy parecido.
El hijo de Abramson, Will (tiene también una hija, Cornelia), tenía un amigo íntimo llamado William Woodson en el colegio público al que iba en el área de Washington. William era un chico negro cuya familia procedía de Anacostia, un barrio pobre, totalmente negro, separado de Washington DC por un puente (muy parecido a lo que era Soweto respecto a Johanesburgo durante los años del apartheid, salvo por el puente). Cuando William acababa de empezar la enseñanza secundaria, su familia tuvo que regresar a Anacostia. Aquello singificaba que iría allí al colegio. Inevitablemente tendría peor nivel educativo que el excelente centro al que asistía con su amigo Will. Jill Abramson propuso una solución. William debería ir a vivir con ella y su familia y, de esa forma, completar sus estudios en el colegio bueno. Lo hizo durante siete años. "William", dice Jane Mayer, "era como el tercer hijo de Jill. Ella contribuyó a pagar incluso su matrícula en la universidad y, más tarde, le ayudó a conseguir un buen trabajo. Creo que le quiere tanto como a sus propios hijos. Todavía hoy va con frecuencia a su casa de Connecticut. Pero en ningún momento ha querido Jill llamar la atención sobre su relación con él".
Las facetas privadas de Abramson contrastan claramente con la imagen de "dama de hierro" que, dice Mayer, suscitan todas las mujeres en puestos de poder. Todas las mujeres que tienen autoridad en grandes organizaciones se debaten con la cuestión de cómo dirigir a la gente sin ser vistas como antipáticas, "cómo ser jefas sin ser mandonas", en palabras de Mayer. "Pero, aunque Jill es consciente del problema, no está demasiado preocupada por él". En eso, su aparente seguridad en sí misma le es muy útil, esa actitud franca que vi en mi entrevista con ella y que Mayer presenció cuando trabajaban juntas en su libro hace casi 20 años. "Era más directa que yo a la hora de hacer preguntas, iba más al grano, tenía más espíritu de reportera". Y era también, pudo ver Mayer, "una fuerza intelectual, apasionada por la política y por los mecanismos del poder".
De pronto, se ha encontrado en una posición que le permite dar un uso práctico a esos conocimientos. Y lo ha hecho, por lo menos, en un aspecto importante. "Ninguno de sus predecesores", me dijo un veterano periodista de The New York Times, "impuso tantos cambios tan pronto". Nada más tomar posesión en septiembre, se propuso limpiar las altas instancias de dirección en el periódico para transmitir el mensaje inequívoco de que el pasado era el pasado y ahora era ella la que mandaba. Sin embargo, una crítica que se le hace es que, en su intento de hacer exhibición de fuerza, ha mostrado debilidad. En la redacción existe una opinión de que se ha rodeado de personas leales a ella, y eso ha provocado una acusación que suele hacerse contra los políticos, la de que ha escogido como lugartenientes a hombres y mujeres que dicen que sí a todo, y no a los más apropiados para el trabajo. Si eso es cierto, y algunos en el periódico lo discuten, es una visible maniobra de poder que muchas veces delata una inseguridad de fondo. Una inseguridad a la que ella, resulta, no es del todo ajena. El verano pasado se quebró durante un instante el barniz de persona dura que se esfuerza en enseñar: se le escapó en una reunión con periodistas de los medios de Nueva York que sí estaba inquieta por cómo iba a hacer su nuevo trabajo. "Quiero hacerlo bien", dijo, "y a veces me preocupa que no voy a ser capaz".
Parte de la preocupación, le propuse durante la entrevista en su despacho, podría partir del temor a que un fracaso suyo podría interpretarse como un golpe no solo para ella, sino para todas las mujeres. La primera palabra de su respuesta fue la misma que usó cuando le pregunté si sería una sorpresa que un director hombre de The New York Times escribiese un libro sobre un cachorro. "Quizá", respondió; una forma en clave, clara y sonora, de decir "sí". Pero se apresuró a levantar el muro otra vez. "Quizá es verdad que lo sería", dijo, "pero creo que uno viene a trabajar cada día decidido a triunfar y a hacerlo bien, y soy consciente, desde luego, después de decenios en el periodismo, de que siempre surgen crisis, pero ya he sorteado algunas grandes y he aprendido de ellas. Creo que tenemos mucho sentido común. Creo que soy la periodista adecuada para tener este cargo en The New York Times en este momento".
Uno de los motivos por los que cree que es la persona adecuada para la tarea es que, cuando era directora adjunta, pasó seis meses trabajando estrechamente con la sección digital del periódico. Ahí concentra la mayor parte de su atención hoy. En virtud del éxito o el fracaso de la aventura digital, de que funcione o no como negocio, se medirá su propio éxito o su propio fracaso. No se hace ilusiones. Las aguas por las que navega The New York Times, como todos los periódicos, son imprevisibles, como ella reconoció cuando le pregunté si estaba preparada para las traicioneras rocas que le aguardaban. "Estoy preparada para las rocas e incluso para los icebergs, y cosas peores", dijo. Entonces, ¿dónde estaba The New York Times ahora? ¿Cómo definiría ella el momento que vive el periódico? "Es una transición, y estamos completamente en medio de ella. Pero tenemos el rumbo trazado y fijado por nuestros valores fundamentales".
Abramson tiene un mantra que repitió tres veces en nuestra entrevista. Dijo que los valores fundamentales de The New York Times son "información rigurosa, edición inteligente y redacción elegante". Estupendo, le dije. ¿Pero no hay una contradicción? Para empezar, ¿el batiburrillo multimedia no perjudica la elegancia de la palabra escrita? Respondió que no. Dijo que en la página web del diario que dirige, que es "una maravilla de la innovación", los cortes de audio o de vídeo insertos en las noticias pueden "intensificar el efecto" y "adornar" la interpretación y la sensación que saca el lector de lo que le están diciendo.
Solo que, una vez creada esa mezcla, el lector deja de ser mero lector para ser además telespectador y oyente de radio, y los sonidos e imágenes en movimiento pueden sustituir la posible falta de elegancia o profundidad descriptiva del periodista. Abramson no estaba de acuerdo, e insistió en que por algo la página web de The New York Times, número uno en el ranking mundial de periódicos con 46 millones de visitas al mes, es "la envidia de todos en nuestra profesión y se ha convertido en parte fundamental de la vida de tanta gente en todo el mundo": la experiencia digital, en lugar de perjudicar la naturaleza del producto, la ha mejorado.
¿Quería decir eso, le pregunté, que hoy, al contratar a un nuevo periodista, miraba más allá de las aptitudes periodísticas tradicionales y buscaba gente capaz de rodar vídeo o que conociera la escritura html? "Lo que busco, ante todo, es el talento para contar historias en las que hay detalles y uno puede ver en su cabeza cómo se desarrolla la acción. Quiero a los mejores buscadores y los mejores narradores, y no me siento aquí a preguntarles cuánta experiencia de vídeo tienen ni si son duchos en html 5. Pero eso también me interesa y, cuando alguien está a gusto con los multimedia, o el vídeo, o cualquier formato digital, me impresiona y me parece atractivo, desde luego".
Como decía Abramson, es un momento de transición. Repasando la evolución de su periódico en los últimos años, parecía que las confusiones inherentes a todas las transiciones habían alcanzado a esos valores fundamentales que definía. No solo a la idea de elegancia en la palabra escrita, sino a los otros dos principios de su mantra. Fijémonos primero en la "información rigurosa". En The New York Times siempre ha existido el principio rector de que la información rigurosa exige una rígida separación entre la noticia y la opinión. En nuestra entrevista, Abramson dijo que combinar las dos era una costumbre europea. "En Europa, la tradición es algo distinta, porque el límite entre las noticias y la opinión no está tan nítida como aquí". Como prueba de la pureza de su periódico en este sentido, mencionó el hecho de que, dentro de las competencias de su cargo, ella no cuenta nada en las páginas de Opinión. Sin embargo, a juicio de muchos tradicionalistas descontentos del periódico, ese límite se ha cruzado en las páginas de información que sí están a su cargo y continúa cruzándose a diario. Abundan los casos, argumentan, en los que se funden noticias y opiniones; se depende menos de las cosas que dicen las "fuentes", con nombre o sin él, y el periodista tiene más margen para hacer declaraciones que el que podía tener hace 10 años. Un ejemplo reciente entre muchos es un artículo "informativo" publicado en noviembre sobre el candidato presidencial republicano Newt Gingrich en la sección de Política del periódico. "Newt Gingrich", empezaba el texto, "es historiador. Tiene un doctorado en historia. Si se nos ha olvidado, él nos lo recuerda". Es un comienzo elegante, que invita a seguir leyendo, pero al estilo moralmente reprobable europeo. Porque rezuma sarcasmo, y el sarcasmo es opinión. Desde el primer instante, no existe ninguna pretensión de equilibrio. La balanza está inclinada contra Gingrich.
Abramson intenta explicar esta contaminación aparente del dogma tradicional de The New York Times mediante una distinción (que algunos redactores del periódico consideran falsa) entre opinión y "análisis". "Nuestros lectores siempre han tenido un enorme deseo de ver los acontecimientos situados en contexto y analizados. Pero eso es información, no opinión. Los puntos del análisis pueden parecer cargados de opinión, pero nuestros editores y nuestros redactores tienen mucho cuidado de mantener la diferencia entre noticias y opinión". Y sin embargo, también es cierto, como destacan algunos en el periódico, que en los últimos 10 años se ha dejado de poner el énfasis en el tradicional "quién, dónde, cuándo, qué" de una noticia para pasar al "cómo y porqué".
Si The New York Times recurre cada vez más a lo que Abramson llama análisis debe de ser, en parte -y ella no está en desacuerdo con esto- por el torrente de información, o lo que se supone que es información, que circula por Internet, y que contribuye a que ese deseo que describe de contexto y explicación sea aún más necesario y acuciante.
Pero también está la obligación de competir con el babel de ruido que nos rodea, y eso provoca otro tipo de urgencia: volcar la información que se tiene a la página web con más rapidez que nunca. Ahí es donde el tercer "valor fundamental" del mantra de Abramson, "edición inteligente", también se tambalea. Cada vez más reporteros de The New York Times tienen blogs en los que vuelcan su material al instante, prácticamente sin editar. Los blogs en tiempo real están muy lejos de los viejos métodos para publicar historias en el periódico, que dependía, hasta un punto que a los periodistas europeos les parecería insufriblemente legalista, de unos redactores jefes de una irritante pedantería.
Por eso, lo que le pregunté a Abramson fue: ¿no significaba este cambio al blog en directo una pérdida inevitable de control de calidad? "Bueno", respondió, "usted puede pensar eso, pero creo que, en la mayoría de los casos, los periodistas toman tan en serio las normas del Times que no van a desmadrarse, a repetir algo que no esté confirmado ni escribir en tono sarcástico".
Lo cual sugiere quizá la pregunta de por qué eran necesarios todos esos editores de ojo de águila. Claro que, si los editores dejan de tener la función que tenían, ¿dónde estará la diferencia entre un periódico tradicional y los miles de sitios multimedia que surgen sin cesar? "En el periodismo de calidad", dijo Abramson, al final de nuestra entrevista. "En una información fantástica, y en una redacción y en un análisis magníficos, y en una edición fantástica".
Calidad: esa -y están de acuerdo todos los periodistas deThe New York Times, independientemente de sus opiniones sobre Abramson- es la palabra. La calidad tiene que ser la respuesta para crear periodismo que venda. Pero la definición de la calidad y de las reglas según las cuales se toman decisiones editoriales no están tan claramente definidas como antes. Más que cualquier otro jefe de The New York Times en tiempos modernos, Abramson carga con tener que inventarse las reglas sobre la marcha, de verse obligada a emitir juicios subjetivos sobre cuestiones fácilmente resueltas anteriormente recurriendo al viejo y deshilachado concepto periodístico de la objetividad. Hoy todo está en flujo; hasta la propia palabra en inglés para "periódico", "newspaper" (papel de noticias), está perdiendo validez. El hecho de que Abramson escogiera el adjetivo "fantástico" al final de nuestro encuentro fue significativo. Era menos preciso que otros adjetivos que había empleado con anterioridad -riguroso, inteligente, elegante- y más abierto a una interpretación imaginativa.
Transición, la palabra clave en relación con el momento que está viviendo The New York Times, significa evolución, supervivencia de los más fuertes, adaptación. Para este diario, como para todos los periódicos tradicionales, la consigna hoy tiene que ser adaptarse o morir. El hecho de que una mujer -una mujer que escribe sobre su cachorro- haya sido escogida como directora indica en sí que nos encontramos en una época de cambios revolucionarios. The New York Times no es, al fin y al cabo, el papado. No es la Iglesia católica. Está transformándose, por pura necesidad, con los tiempos. Quizá, quizá mucho más, incluso, de lo que Jill Abramson esté dispuesta a creer, o a reconocer.

Publicacdo en El País, 12/2/12.

domingo, 9 de octubre de 2011

Pilar Goya Laza, esposa de Rubalcaba

EL PERFIL. PILAR GOYA LAZA
La química de Rubalcaba
El secreto mejor guardado del candidato socialista es su mujer. Científica de renombre y discreta hasta rozar lo patológico, en Ferraz la quieren en campaña
09.10.11
ZURIÑE ORTIZ DE LATIERRO |


Oye, lo voy a dejar». Con sencillez, la directora del Instituto de Química Médica del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) comentaba a algunos compañeros que se retiraba del cargo que ha ocupado los últimos seis años. Le quedaban otros dos para agotar el mandato. Lo anunció poco antes de las vacaciones de agosto, pero ni su renuncia ni el nuevo nombramiento -María Jesús Pérez Pérez- se han hecho públicos hasta hoy, salvo en la web del instituto, donde aparece el nuevo organigrama sin aclaración alguna. En las reseñas de la página del CSIC figura aún como directora. Su dimisión ha pasado tan inadvertida como ella, la desconocida mujer que el fin de semana pasado se sentaba junto a Felipe González, con jeans grises y suéter caldera, en la Conferencia Política del PSOE.
Oficiaba su marido, al que abrazó también públicamente el 9 de julio cuando fue proclamado candidato para tratar de retener La Moncloa en manos socialistas. A Pilar Goya Laza (Vitoria, 1951), como buena química de síntesis orgánica, le gusta cocinar en la probeta -que no en el fogón- para entender qué pasa. Ensayar, mezclar a puerta cerrada en el laboratorio. Jamás se había 'mezclado' con la actividad política. Pero los sondeos aprietan y en Ferraz hay quien piensa que esta «excelente científica» -con los sesenta cumplidos en septiembre y «de gran humanidad y humildad», coinciden distintos colegas de profesión- puede aportar luz y calidez a la imagen de Rubalcaba. La quieren lanzar.
Pero no esperen jugosas declaraciones ni campañas plagadas de guiños cariñosos fabricados por los asesores, como les gusta a los anglosajones. Llevan 32 años casados y en ninguna de las entrevistas que ha concedido como científica aparece el nombre de su esposo. Quizás por puro desconocimiento. En su empeño en disociar sus carreras ha llegado al extremo de no asistir a la inauguración del Año Internacional de la Química, hace unos meses. El acto lo presidía Rubalcaba. Pese a ser vicepresidenta de la Real Sociedad Española de Química y profesora de investigación en el CSIC, donde ha sido también directora de Relaciones Internacionales, ella se perdió ese día de gloria para una profesión olvidada en España.
Ahora, a poco más de un mes para el 20-N, ha vuelto a vencer sus reticencias personales y profesionales para apoyar a su marido desde la primera fila de los actos centrales de la precampaña. Como lo hizo en 2006, cuando finalmente la pareja se mudó de su casa de Majadahonda al número 5 del Paseo de la Castellana. Rubalcaba estuvo muy cerca de fallarle al presidente, de decirle que no tomaba las riendas de Interior para reconducir las negociaciones con ETA. Su mujer estaba destrozada. Tres de sus cuatro hermanos habían fallecido por diversas enfermedades en un breve espacio de tiempo dejando a cinco jóvenes medio huérfanos. Los hijos que la pareja nunca tuvo. Y Pilar Goya Laza ha crecido en una de esas familias grandes de colchón infinito para amortiguar las desgracias, donde siempre hay manos que sujetan. Ahora le tocaba ayudar a ella. Como dice un buen amigo suyo: «No ha sido madre, pero es muy tía de sus sobrinos. Lo lleva en la genética».
Nació y vivió sus primeros años en Vitoria, con sus abuelos maternos. Sus padres tuvieron que desplazarse a Estados Unidos por motivos laborales. Creció con el apellido de los conocidos confiteros Goya y la simpatía de los Laza, de los que ha heredado «una chispa increíble cuando estás en confianza», concede una amiga. No es de chiste fácil, pero tiene un punto socarrón. «Puede resultar excesivamente tímida. Hay gente a la que cae muy bien y a otra a la que no tanto. Hay que conocerla». Se educó entre ingenieros industriales; gente curiosa, emprendedora y cultivada. La familia se trasladó a Madrid y la adolescente Pilar brilló en el instituto británico donde estudió el bachillerato. En la Complutense se doctoró y enamoró de Alfredo. En la misma facultad conoció a Jaime Lissavetzky y a su mujer, Pilar Tijeras. Son íntimos.
El 'clan de los químicos' les llamaban entonces y lo siguen haciendo ahora. No solo porque veraneen juntos en Asturias desde hace más de veinte años. Goya le ha regalado este invierno a Lissavetzky su primera participación activa en actos de campaña del PSOE al protagonizar uno de los vídeos promocionales del candidato socialista a la alcaldía madrileña: «Madrid sería una ciudad muy afortunada si tuviera un alcalde como Jaime», comentaba a la cámara, nada forzada, una científica desconocida para el público.
Directora de varias tesis doctorales y profesora de investigación, nunca ha descuidado la docencia. Y eso se nota cuando se enfrenta a los micrófonos. Lo volvió a demostrar con aplomo el pasado febrero, cuando presentó el libro 'El dolor' junto a su coautora, María Isabel Martín. Otra vez, inadvertida. Muy pocos sabían que la mujer que hablaba de la compleja percepción que llamamos dolor podría ser la primera dama del país.
Save the children
Entonces concedió varias entrevistas, la mayoría en publicaciones discretas y de carácter divulgativo. Y en todas tuvo unas palabras para las enfermedades olvidadas en rincones del mundo donde no conocen la farmacia. Aunque los periodistas no se lo preguntaran, Goya se las ingenió para deslizar su preocupación. «Lo que es un problema en el Tercer Mundo muchas veces no es un problema en el mundo occidental. Es una tremenda injusticia», denunciaba una y otra vez.
Sabe de lo que habla porque es la vicepresidenta primera de Save The Children, organización que por cierto ya le ha puesto deberes al futuro gobierno, lo lidere Rajoy o, en contra de lo que dicen todas las encuestas, lo haga a su marido. Entre ellas, combatir el abuso sexual a menores, apoyar a las familias o asegurar la educación pública. «A Pilar le interesa la defensa de los derechos del niño en general, aquí y en el extranjero», apunta su director en España, Alberto Soteres. Ella no se implica en proyectos concretos porque los estatutos de la ONG se lo prohíbe. Su trabajo consiste en representar a la organización española en las convenciones internacionales. Habla inglés, francés y alemán -lo aprendió en Constanza, gracias a una beca postdoctoral de la prestigiosa fundación Alexander von Humboldt-, y está muy acostumbrada a hablar en público. «Pilar es una garantía, nunca te deja tirado», destaca Soteres.
Y concienzuda. Contesta todos los correos y devuelve las llamadas. Le gusta tanto ser detallista como tomar el sol en las playas de Llanes (Asturias), emocionarse con la ópera en directo o relajarse en casa con Bach. Le apasiona la música, sea barroca o pop. Maneja un espectro amplio, como en pintura. No se conforma con lo obvio. Cuando viene un colega del extranjero, le da un paseo por El Prado, pero en cuanto se despista le planta en Cuenca, en el coqueto museo que alberga una de las colecciones más completas de obra de artistas españoles de la generación abstracta de los años 50 y 60. Pilar les habla de la abstracción gestual, matérica o geométrica de José Guerrero, Antonio Saura, Rafael Canogar, Modest Cuixart, Pablo Palazuelo, Fernando Zóbel, Eduardo Chillida...
Como a su marido y a su madre, le seduce el cine clásico americano en general y el negro, en particular. Cuando puede lo comparte con los sobrinos. También le gusta profundizar en autores que lo mismo le dan a la tecla que a la claqueta. Teóricos de la ficción como David Mamet, guionista de 'El cartero siempre llama dos veces' o 'Los intocables', y director de otras grandes como 'El caso Winslow' o 'State and Main'. A esta mujer patológicamente discreta, que las circunstancias y las encuestas le han colocado en el vórtice del ciclón electoral, le gusta el lenguaje poético, escatológico y, a menudo, chocante de Mamet en el teatro. Hace poco, el autor estadounidense publicaba '¿Por qué ya no soy un izquierdista de encefalograma plano? Un ensayo de temporada electoral'. Arranca así: «A John Maynard Keynes le criticaban sus cambios de opinión. Respondió, 'Cuando los hechos cambian, yo cambio de opinión. ¿Usted qué hace, señor?'».

Publicado en los diarios del grupo Vocento.

lunes, 20 de junio de 2011

Perfil de Carlos García

Menudo concejal

El solitario voto de Carlos García impidió a Bildu hacerse con la alcaldía de Elorrio, entre amenazas e insultos. Desde entonces se ha convertido en un héroe para muchos. No es un recién llegado: joven autodidacta, cuenta con 14 años de experiencia política a pie de calle

LUIS GÓMEZ 19/06/2011
Carlos David García Fernández tiene una cualidad: no se comporta como un político al uso. Héroe o pirómano (ha merecido ambos calificativos estos días), desprende naturalidad. Y eso explica cómo y por qué ha llegado hasta donde está. Es un hombre de 32 años, menudo, delgado (ha perdido más de 10 kilos en los últimos tiempos) que en apariencia hace la vida de cualquier joven de su edad, hecho que se puede corroborar en un paseo por Bilbao, donde puede afirmarse, sin riesgo a equivocación, que conoce a un buen número de camareros. Simpático, de sonrisa fácil, vive estos días abrumado por lo sucedido hace una semana. Mujeres de cierta edad le saludan y le besan por la calle con afecto maternal. Probablemente a él le gustaría que esa admiración se la prodigaran las más jóvenes, pero no es una estrella del fútbol, a pesar de que estuvo a un paso de pertenecer al Athletic. Es una estrella de la política en estos días. Lo es desde el momento en el que como único concejal del Partido Popular en Elorrio dio su voto al PNV para desalojar a Bildu de la alcaldía y hubo de salir entre insultos y amenazas de la sede consistorial.
Un sector de la prensa nacional tardó minutos en catalogarle como un héroe. Desde ese momento, además de sus dos escoltas, le siguen las cámaras de televisión y periodistas de toda condición. Minutos tardaron también algunos líderes en llamarle para darle ánimos y felicitarle. A saber, Gallardón y Esperanza Aguirre, Rajoy y Mayor Oreja, polos opuestos de su mismo partido. Y también José Bono, presidente del Congreso. De golpe, el único concejal popular en Elorrio, una localidad fronteriza entre Vizcaya y Guipúzcoa de algo más de 7.000 habitantes, colmaba la máxima atención de la opinión pública. Quien piense que se trata de un episodio propio de una casualidad electoral, anda equivocado: Carlos García eligió Elorrio, y lo eligió por algo.
Tampoco la cualidad de no parecer un político es anecdótica en la trayectoria de Carlos García. Tiene modales de recién llegado cuando en realidad le contemplan 14 años de experiencia política: ha sido concejal en Sondika, presidente de Nuevas Generaciones en el País Vasco y ocho años concejal en el Ayuntamiento de Bilbao. Todo ese largo trayecto no ha modelado su comportamiento por una sencilla razón: es un ejemplar de político callejero, hecho en el barrio de Santutxu, uno de los más populares de Bilbao, en comisiones de fiestas, en reuniones para decidir pequeñas obras o en la gestión de instalaciones deportivas. Su actividad ha estado siempre muy ligada a la calle. Y podría decirse que de la calle no ha salido. De ahí su ventaja.
Luego está el destino: estar en el sitio adecuado en el momento adecuado. Pero no es el caso de Elorrio. Lo de Elorrio no ha sido casual.
Cuando un buen día Carlos García decidió, acompañado de su hermano, afiliarse al Partido Popular, habían pasado unas semanas del asesinato de Miguel Ángel Blanco, concejal de Ermua. Fue una decisión largamente meditada. No fue un acto impulsivo. "Había que hacer algo", recuerda. El aspecto de Carlos García cuando entró por vez primera en la sede del partido no era el ajustado a un joven aspirante a ser militante del PP. A saber, llevaba melena, recogida en una coleta, y el correspondiente pendiente en la oreja. Procedía de una familia modesta: si su madre fue catequista en tiempos, su padre era un maestro afiliado a UGT que le ponía a sus hijos canciones de la Guerra Civil tan características como La Internacional, Ay, Carmela, A las barricadas, Los comuneros o el Eusko Gudariak. "Pero en ningún momento nos adoctrinó", sostiene. Por su aspecto y sus raíces, extraña que no hubiera dirigido sus pasos a la sede del PSE. "Podría haberme apuntado al PSE", reconoce, "pero fue la época de los escándalos de corrupción y de los GAL, así que me parecía que la postura del PP era más sólida".
Esa decisión tuvo mucho que ver con el terrorismo: "A los 15 años explotó una bomba lapa cerca de mi colegio. Murió un policía cuyo hijo era un compañero. Me costó entender que solo estuviéramos 20 alumnos de los casi 2.000 que éramos en ese centro en un acto en memoria del padre de un compañero. Y menos podía entender que, después de eso, un chaval de clase llevara escrito 'Gora ETA' en un estuche. Le pregunté por qué lo llevaba y no supo contestarme. No tenía una razón concreta. Traté de convencerle de que lo borrara y lo conseguí. Cosas como esas generaron en mí una inquietud por la política. Había que hacer algo".
Eligió al PP: "Lo hice por su posición contra el terrorismo, pero también me di cuenta de que, a pesar de que el PP por entonces tenía siete concejales en Bilbao, ni mi hermano ni yo conocíamos a ninguno. No sabíamos quiénes eran. No estaban en el barrio. Por eso nos fuimos directamente a la sede a afiliarnos".
La muerte de Miguel Ángel Blanco marcó su actitud hacia la política de tal manera que no le importó, con 21 años, su coleta y su pendiente, ir en las listas del PP por la localidad de Sondika en las elecciones de 1999. Estudiaba Derecho en la Universidad pública del País Vasco y trabajaba de topógrafo sin ser topógrafo, otra de sus cualidades. Es un autodidacta y un maestro de la improvisación. Jugaba al fútbol en el Baskonia de la Tercera División: típico delantero de brega constante y goles oportunistas. Pudo haber formado parte de la cantera del Athletic cuando este club convirtió el Baskonia en su filial, "pero nos echaron a todos para meter a sus juveniles", recuerda. Durante su etapa en Sondika se dedicó a buscarle las vueltas al alcalde del PNV por el elevado importe de las tasas municipales y por algunos asuntos más turbios, hasta el punto de que logró que fuera imputado. "Como estudiaba Derecho, aplicaba las cosas que aprendía a mi trabajo como concejal", explica. "Acudí al Defensor del Pueblo por el asunto de unas tasas que doblaban la media de Vizcaya y husmeaba en todos los expedientes de obras". Ese trabajo de hormiga lo avalan algunos concejales rivales, socialistas sin ir más lejos, que reconocen a Carlos García como un "guerrillero" de los expedientes.
El destino sí obró a su favor en 2003. Sus éxitos en Sondika llamaron la atención de otro joven político, Antonio Basagoiti, que debía elaborar la lista para el municipio de Bilbao. Puso a Carlos García en el octavo lugar cuando las perspectivas no auguraban más de cinco o seis puestos de concejal: "Había sucedido lo del Prestige, estaba lo de la guerra de Irak, no eran buenos momentos para el partido". Por entonces, en plena campaña, falló la empresa de buzoneo que debía repartir el programa electoral del PP. Y allí apareció Carlos García: "Monté un sistema de buzoneo improvisado con amigos. Logramos repartir 200.000 programas por todo Bilbao. Los pusimos también en los parabrisas de los coches. Sabía que molestaba, pero era efectivo". El Partido Popular sacó ocho concejales en Bilbao, así que Carlos García se estrenó como concejal con su melena y su pendiente.
Luego cambió su aspecto. Se cortó un poco el pelo, se puso rizos y pasó a ser conocido como Bisbal, por el parecido de su cabello con el del cantante. Trabajó en la calle, en su barrio, se tomaba unos pinchos en la casa del pueblo con sus rivales socialistas para tratar asuntos, llevó propuestas concretas al pleno. Por ejemplo, cambiar los autobuses que llevaban a los estudiantes a la universidad. "Ya les dije que eran como los que se mandan a Cuba y al Sáhara. Me hizo ilusión lograrlo porque yo los había sufrido durante mucho tiempo". Daba caña en las reuniones y no escurría el bulto en la polémica. Era un político cañero y callejero: en el follón se mueve como pez en el agua, destacan compañeros de partido y rivales. Su forma de ser no le convirtió en un personaje simpático a todo el mundo. Ni siquiera entre sus correligionarios, que no apreciaban demasiado su tendencia a ir por libre, su heterodoxia, y le reprochan cierta dificultad para trabajar en equipo; alguna vez le desautorizaron. Su novia de entonces, Nerea Azola, era otra militante popular más cañera que él, asidua a tertulias de alto voltaje y muy combativa con todo lo relacionado con el terrorismo. Formaron una pareja explosiva y ruidosa: ella terminó fuera del partido tiempo después.
Desde luego, Carlos García aprendió a llamar la atención. Su don de gentes y su autonomía le permiten un cómodo acceso con los periodistas. Es directo y no se pierde en discursos establecidos. En el verano de 2008 hizo una propuesta muy efectista: con motivo de la clasificación de España para la final de la Eurocopa ante Alemania, propuso que el consistorio montara pantallas gigantes en algunas plazas. Esa propuesta en Bilbao tenía mucha miga y, naturalmente, no fue aceptada. Luego la repitió años después elevando el listón cuando España alcanzó la final del Mundial: propuso una pantalla gigante en el exterior del Guggenheim. "Una foto de los alrededores del Guggenheim repleto de gente celebrando la victoria recorrería el mundo y sería una buena propaganda para la ciudad", dice todavía. No salió adelante. "Todo el mundo vio que el día de la final, las calles de Bilbao estaban vacías".
Las turbulencias dentro del PP vasco le afectaron y se le etiquetó como un firme partidario de María San Gil (que abandonó el partido) y de la línea dura. Él niega haber dicho que si San Gil se iba, dejaba el partido. Lo cierto es que a la hora de confeccionar las listas en Bilbao para las municipales, Carlos García desapareció.
Para aparecer como candidato a la alcaldía de Elorrio, una localidad de casas señoriales y ambiente severo, un reducto nacionalista en Vizcaya, cuyo alcalde era Niko Moreno, un alto dirigente de la izquierda abertzale, donde el Partido Popular jamás tuvo un concejal. ¿Aterrizó Carlos García en Elorrio por casualidad?, ¿Fue desterrado allí a terminar su carrera como concejal?
No.
Fue Carlos García quien eligió Elorrio. Se lo pidió expresamente a Antonio Basagoiti, quien reservaba para él una posición dentro del Gobierno vasco. Le llamó y le pidió Elorrio, donde no había voluntarios hasta ese momento. Y Basagoiti lo corrobora: "Efectivamente me lo pidió él. Me dijo que podíamos convertirnos en un voto decisivo, que en las pasadas elecciones no obtuvimos la concejalía por unos pocos votos y que allí estaba Niko Moreno. A Carlos le va la marcha. No se resigna ni se lamenta. Me lo pidió y le dije que lo estudiaríamos".
Visto en perspectiva, las condiciones para una campaña del PP en Elorrio eran las ideales para un hombre de sus características. No había dinero, ni ganas de aparecer. Poco menos que Carlos García tendría que montarse su propia campaña.
Así que lo hizo a su manera. Estilo callejero y autodidacta. Redactó su propio programa y fotocopió en blanco y negro muchos folios a los que pegó un sello: "Austeridad en campaña". Movilizó a sus cuadrillas de amigos, tomó un coche y un megáfono y recorrió las calles de la localidad. Hizo acompañar el himno del Partido Popular junto al himno de Athletic. Se compró un móvil, su correspondiente tarjeta, y puso el número en la propaganda para contestar a todo aquel que quisiera hablar con él. Algunos lo hicieron para insultarle. Su atrevimiento no conocía límites: jugaba a pelota en el frontón de la localidad, que comparte pared con el Ayuntamiento. O jugaba al fútbol con sus amigos en Elorrio. Se hizo visible.
Sus propuestas electorales eran muy concretas, como es su estilo. No promete, en genérico, mejorar la sanidad pública. Concreta: una ambulancia, una, para Elorrio, en servicio durante las 24 horas, "para que incluso los abuelos que votan a Bildu estén tranquilos y sepan que les pueden llevar al hospital de Durango en poco tiempo". Otra propuesta: wifi gratis en el entorno urbano. Dos más, igualmente concretas: solicitar a la Ertzantza que patrulle por la localidad y negociar con Fomento que, a cambio de respaldar la Y vasca (que debe pasar por Elorrio y siempre contó con el boicoteo de los abertzales), se cree una bolsa de empleo en la localidad para cuando empiecen las obras. Otra más: destinar los 37.000 euros que se conceden a los familiares de presos etarras para ayudas sociales.
El 11 de marzo, 276 habitantes de Elorrio votaron a Carlos García y al PP. Obtuvo 27 votos más que cuatro años antes. Parece un resultado escaso, pobre para tanto esfuerzo, pero resultó suficiente para que el PP lograra por vez primera un puesto de concejal. El éxito tenía otra lectura: el PP había bajado en todas las localidades que rodean Elorrio. El destino hizo el resto: seis concejales para Bildu y seis para el PNV. Carlos García era el árbitro. Como prometió en campaña, daría su voto a quien pudiera arrebatarle la alcaldía a los que consideraba herederos de Batasuna.
Cuando dio su voto el pasado sábado al PNV, la reacción de los simpatizantes de Bildu no se hizo esperar. Le insultaron, le escupieron, le cantaron el Eusko Gudariak, sin reparar en que él se puso a tararearlo ("me la sé de memoria y es una bonita canción"). Respondió en euskera a algunos insultos. En ese escenario callejero, es evidente que Carlos García sabe moverse. Y valor no le falta.
¿Es el suyo un caso de político joven y temerario?, ¿se dejará instrumentalizar por la ultraderecha que le jalea como un héroe desde el sábado? Carlos García sostiene que continuará algunas iniciativas que en su día presentó la concejal socialista, que perdió su cargo ("y me ha dado una pena inmensa"). Es más, quiere irse a vivir a la localidad y hacerse más visible todavía. Antonio Basagoiti le tiene reservada otra función con el Gobierno vasco en asuntos relacionados con las víctimas del terrorismo, pero no le preocupa que pueda caer en las garras de la fama repentina y ciertos efectos secundarios. "Controla bastante. Mucho más de lo que parece. Y nunca ha metido la pata".
Se mueve con soltura en la calle. De tanto leer expedientes ha perdido vista, pero no olfato. No le impresionan las cámaras. Su discurso es directo. Estar en el ojo del huracán no le incomoda. El cóctel está servido.

martes, 15 de marzo de 2011

OBITUARIO: IN MEMÓRIAM

Joaquín e Ibarz eran dos

MIGUEL ÁNGEL BASTENIER 15/03/2011
Había dos grandes periodistas cobijados bajo un solo nombre: Joaquín -siempre le llamé así y sus raíces de la franja de ponent nunca se estremecieron por ello- e Ibarz. El primero, también conocido como Quim, era el más completo hombre orquesta con el que he trabajado en un diario. El segundo, universalmente recordado, era el de América Latina que seguía tocando en la misma orquesta, pero con instrumentos ligeramente diferentes.
Joaquín se fabricó en el año-rado Tele-Exprés de Barcelona con el gran maestro de la época, ya desaparecido, Manuel Ibáñez Escofet -o simplemente Ibáñez- y su mano derecha, Josep Per-nau. Y lo hacía todo: deportes, espectáculos, información general, y quizá lo que menos le entusiasmaba, la política, aún no plenamente democrática en aquel comienzo de los años setenta. Su curiosidad lo devoraba todo. Deglutía semanarios anglosajones y franceses, y probablemente fue el primer periodista español que se tomó en serio a un joven bailarín norteamericano aún antes de que tuviera fiebre los sábados por la noche, John Travolta, y le hizo una doble página en aquel diario catalán. Quim Ibarz aguantó hasta el último momento -como en la vida- en el Tele-Exprés, y cuando la cambiante realidad española y algún empresario con más ilusiones que posibles lo cerró en 1982, La Vanguardia tuvo el acierto y el buen gusto de no dejarlo marchar.
Entonces fue cuando nació el Ibarz de América Latina; el que daba la voz a todo aquel que tuviera algo valioso que decir, sin conceder ni una sonrisa innecesaria a los poderosos. Fue, sigue siendo, el gran maestro de todos nosotros en la información sobre el mundo iberoamericano. En nuestras discusiones en La Habana, San Vicente del Caguán, México DF, Ciudad Guatemala y otros portentos, no siempre estuvimos de acuerdo en lo divino, pero nunca dejamos de coincidir en lo humano. En una ocasión me pegó un fraternal chorreo por algo que yo había escrito y no fui capaz de darle la razón. Ahora me arrepiento.

Publicado en El País.

domingo, 11 de octubre de 2009

Mariano Rajoy, un político de combustión lenta

11.10.09 -

Cada día, en la sobremesa, Mariano Rajoy se entrega a la ceremonia de encender el primer puro del día, una costumbre que ha estrenado hace tres semanas, cuando se impuso la obligación de dejar de fumar por las mañanas. Con su inveterada parsimonia, calienta la labor de tabaco, capa el veguero y lo enciende. Es un fumador experto y logra que el fuego viva durante horas. El líder del PP, como los puros que fuma desde hace cuatro décadas, es un político de combustión lenta, reacio a las decisiones rápidas y viscerales, pero de paciencia infinita y descomunal aguante. Estos rasgos hacen que sea implacable con sus adversarios y las personas que le incomodan. Van cayendo en el camino sin derramamiento de sangre.
El viernes estuvo a punto de alterar su trayectoria pacífica y tuvo que ejercer toda la presión que supo para que Francisco Camps obedeciera sus instrucciones y entregara la cabeza de su 'número dos' en el partido, Ricardo Costa. Incluso así, no llegó a perder las formas en ningún momento. Cuando cayó en la cuenta de que el presidente de la Generalitat mintió en el encuentro que mantuvieron en el parador de Alarcón la pasada semana, el líder del PP inició el acoso y derribo al barón valenciano. Empleó la táctica del intermediario y envió a Esteban González Pons como ejecutor. No fue suficiente y el propio Rajoy tuvo que recurrir a otros pesos pesados del partido para vencer la parálisis de Camps.
Costa se convierte así en uno más en la nómina de los caídos de Rajoy, que es larga y en la que figuran nombres como Gabriel Elorriaga, José María Michavila, Manuel Pizarro, Juan José Lucas o Rodrigo Rato y Mayor Oreja. Ninguno, sin embargo, podrá acusarle de haberle echado a patadas o de una mala palabra. Todos acaban por desistir o abandonar tras una lenta agonía, en medio de una gran indiferencia del jefe. Sus admiradores quedan fascinados por esta extraña habilidad. Sus detractores, en cambio, se rasgan las vestiduras por el precio que paga el partido por su aparente apatía.
En el PP las opiniones están divididas. Unos creen que mata sin dejar huella. «Es un asesino silencioso, un asesino en serie», dicen con asombro los más jóvenes del partido al ver caer, uno tras otro, a quienes pretenden poner piedras en su camino. «Sus víctimas no son tales, aunque parezca que las mata callando. Sucede que no tiene un auténtico equipo y sólo cuenta con personas en tránsito que, ocasionalmente, trabajan para él», es otra definición de amigos y detractores.
«Mariano es un señor discreto al que no le gustan los cotilleos. Escucha, toma nota y actúa, pero no es un líder de ordeno y mando». Este dibujo corresponde a uno de sus más fervientes admiradores, que también recuerda que el presidente del PP tiene una memoria de elefante. Quizá por eso, dicen que nunca perdona a sus adversarios.
Sin 'capillitas'
Que «Mariano no se casa con nadie» lo sabe todo el mundo porque no ha sido nunca amigo de 'capillitas', familias o corrientes, pero esta condición, que puede parecer una virtud, también es motivo de reproche pues a la larga es un grave inconveniente para quien debe liderar un partido en la oposición. Algunos dirigentes 'caídos' se quejan de que es incapaz de asumir compromisos con sus más cercanos colaboradores, lo que ha propiciado el abandono de muchos. Nunca da instrucciones claras y deja que la gente actúe a su aire y bajo su responsabilidad.
Ni siquiera en las reuniones de los famosos 'maitines' traza una pauta a seguir, aunque es especialista en desactivar conflictos, como demostró en numerosas ocasiones al servicio de Aznar. Facilitó pactos con los nacionalistas, puso la cara por el Gobierno en el desastre del 'Prestige' y sacó del apuro a Manuel Fraga cuando la dirección de la Xunta se rebeló contra Fernández Albor. Los dos políticos gallegos no congenian, pero Rajoy nunca ha dejado que se noten sus discrepancias con Fraga.
Precisamente, su personalidad política sin aristas, la ausencia de enemigos declarados y, sobre todo, la falta de un proyecto propio fueron los valores que hicieron de él el candidato perfecto, a los ojos de Aznar, para «heredar» el partido. Rajoy exhibió esas cualidades ante la junta directiva nacional que le habría de elegir candidato a La Moncloa en 2003. «Nunca he tenido un problema con nadie y si lo he tenido no me acuerdo», dijo.
Era verdad porque su aversión al conflicto le ha llevado siempre a orillar las broncas y los enfrentamientos personales. Aún se recuerda cuando, en plena polémica por el 'Prestige', envió a sus asesores a buscar el origen de un informe esgrimido por el socialista Jesús Caldera contra el Gobierno de Aznar (luego se sabría que era manipulado). Cuando el equipo regresó con las manos vacías, Rajoy le ordenó a un hombre de su confianza: «Dile a esos que son unos hijos de puta». Ni siquiera fue capaz de insultar cara a cara.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Cuidadores de mundos

Textos de Ander Izagirre, del libro 'Cuidadores de mundos', Ed. Altair, 2008.


Montes de Triano (Trapagarán, Ortuella, Gallarta)

La montaña del alirón

Si el mineral extraído contenía mucho hierro, los mineros cobraban paga extra. Por eso se pasaban la noticia con un grito triunfal: ¡Alirón! ¡Alirón! Eran las palabras que los químicos ingleses habían escrito con tiza en el mineral: All iron. ¡Todo hierro! Alirón fue el canto que brotó de las minas, un grito de euforia que define una época. A finales del XIX en los montes de Triano se organizó la mayor explotación de hierro del mundo, acompañada por la expansión de los ferrocarriles, la siderurgia, las navieras, los bancos. Aquella fiebre dejó riquezas inmensas en Vizcaya y modeló un paisaje alucinante, con enormes cráteres y ruinas industriales. Un grupo de viejos mineros guarda la memoria de aquella epopeya.

Al pueblo viejo de Gallarta se lo tragó la tierra. Carmelo Uriarte, minero jubilado de 75 años, mira al lugar en el que nació y sólo ve un socavón de doce millones de metros cúbicos (equivale a un hueco tan extenso como ocho campos de fútbol y 200 metros de profundidad). En los años 50 descubrieron que debajo de Gallarta se extendía un inmenso yacimiento de hierro y empezaron a comerse el pueblo a golpe de dinamita. “¡Y no era una aldea!”, dice Uriarte. “Tenía siete mil habitantes, el frontón más grande del País Vasco con 16 números, iglesia, ayuntamiento, varios colegios. Hacia el año 59 o 60 empezaron a trasladar a las familias a otras casas que construyeron más allá, en el Gallarta nuevo, pero algunos seguimos unos años en el pueblo viejo. Vivíamos al borde de la mina y aquello era terrible, todo el día con las explosiones y las polvaredas”.

Las dimensiones de aquella mina, bautizada como Concha II, resultan espeluznantes. Empezaron a comerse la ladera a 200 metros de altitud y excavaron hasta los 17 metros bajo el nivel del mar. Después, cuando agotaron la explotación al aire libre, empezaron a horadar bajo la superficie y desarrollaron una impresionante red de galerías: cincuenta kilómetros de pasadizos subterráneos que bajan hasta los 205 metros bajo el nivel del mar. Dentro de ese laberinto existen sesenta cámaras de veinticinco metros de alto por cien de ancho, suficiente para albergar la catedral de Burgos en cada una de ellas. “Fue el mejor criadero de hierro de Europa”, explica Uriarte. “En otros sitios sacaban mineral con una ley del 46 o el 48%. Aquí tenía como mínimo un 58% de hierro”. Las mejores vetas se agotaron en veinte o treinta años; al final recurrieron a las partes menos ricas y la rentabilidad cayó en picado. Porque la explotación fue realmente intensa: la mina empezó a funcionar en 1961; durante los años 70 se llegaron a extraer 2,2 millones de toneladas anuales de mineral (la segunda mayor cantidad del continente); ya en 1984 se terminó la explotación a cielo abierto y en 1993 se clausuraron las últimas galerías. Quinientas personas trabajando hora tras hora vaciaron el monte durante tres décadas.

La mina mató al pueblo pero dio vida a sus habitantes. Muchos gallartinos trabajaron en la Concha II, como venían haciendo sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos en los yacimientos de la comarca, en los montes de hierro de Triano. Los habitantes de Muskiz, Abanto-Zierbena, Ortuella, Trapagarán o Galdames presumen de tener una sangre saturada de hierro: la minería ha sido el eje de sus vidas durante siglos. Por eso, cuando a mediados de los 80 empezaron a cerrarse las últimas explotaciones, Carmelo Uriarte sintió pena: “El trabajo era muy duro, sí, pero también era nuestra vida. Nuestras raíces están en las minas. Y yo, por pura añoranza, por sentimentalismo, empecé a recoger materiales abandonados. Primero tornillos, tenazas y picos, pero luego fui rescatando barrenas, taladros, vagonetas, cada vez más cosas”. Otros mineros le echaron una mano, también su hijo Aitor, y poco a poco acumularon una cantidad inmensa de herramientas, máquinas y documentos. Cuando ya no tenían dónde guardarlos, el ayuntamiento les cedió el matadero del viejo pueblo de Gallarta, que se había salvado de la desaparición porque se encontraba en las afueras, en el mismo borde de la mina. “Y ahí, en 1986, abrimos un museo minero que ahora es el más antiguo de España”, explica Uriarte, actual presidente de la Fundación Museo de la Minería del País Vasco.

El socavón de Concha sólo es un episodio más en la historia minera de la comarca. Eso sí: es el último episodio, con el que se liquida un oficio que se practicaba en estas tierras desde la prehistoria. En tiempos romanos, el historiador Plinio el Viejo habló de “una gran montaña de hierro” en la costa cantábrica. Es probable que se refiriera a esta zona, ya explotada en aquella época. Siglos más tarde, las ferrerías medievales transformaban el metal en anclas, aperos de labranza, clavos y armas que se exportaban a media Europa. La metalurgia bilbaína ganó tanta fama que durante un tiempo en inglés se usó la palabra bilbo como sinónimo de algunos hierros (como en esta cita de Shakespeare en Hamlet: “I lay worse than the mutines in the bilboes”, “me sentía peor que los amotinados con sus grilletes”).

La gran fiebre del hierro estalló hacia 1876. Aprovechando el final de la guerra carlista, la supresión de aduanas, las facilidades para exportar y los permisos para instalar ferrocarriles, las empresas británicas trajeron a la Margen Izquierda del Nervión una oleada de inversiones. Aquí tenían un hierro excelente en la mismísima superficie, cerca de un gran puerto, con mano de obra barata y la posibilidad de trabajar a cielo abierto todo el año (no como en las minas escandinavas). Se instalaron docenas de compañías -entre ellas 64 inglesas- que invirtieron millones y millones, emplearon a 12.000 obreros y llegaron a producir 6,5 millones de toneladas anuales de hierro (la décima parte de toda la producción mundial). Fue una época frenética, un hervidero humano que desfiguró el paisaje: destruyeron montañas, desviaron ríos, abrieron balsas gigantescas, instalaron hornos de calcinación, tendieron tranvías aéreos para bajar el hierro en baldes hasta los cargaderos del puerto, construyeron planos inclinados para las vagonetas, trazaron la red ferroviaria más densa de Europa. Al calor del hierro se levantaron las industrias siderúrgicas, los astilleros, las compañías navales, los grandes bancos, las fabulosas riquezas de la burguesía vizcaína. Era el tiempo de “los hornos de Barakaldo, que alumbran todo Bilbao”. Y el tiempo del alirón, el grito de una época efervescente. Si el hierro extraído era muy puro, los mineros cobraban paga extra. Se pasaban la noticia con un canto triunfal: ¡Alirón! ¡Alirón! Eran las palabras que los ingenieros británicos habían escrito con una tiza en el mineral: All iron. ¡Todo hierro!

No todo era euforia. Los obreros padecían condiciones tan miserables que la esperanza de vida llegó a caer por debajo de los 30 años. En épocas tan tempranas como 1827 ya había mineros que habían construido chabolas en la zona alta de la montaña, cerca de los yacimientos, para no tener que subir todos los días al trabajo. Con la gran fiebre del hierro brotaron las aldeas champiñón, conjuntos de barracones que se levantaban en el monte sin ninguna infraestructura, y en 1877 se fundó el poblado de La Arboleda, así llamado porque se situaba junto al único resto de bosque que resistía a la deforestación brutal. En cada barracón se hacinaban grupos de mineros que se organizaban con el sistema de camas calientes (tres o cuatro personas se turnaban por horas una misma cama, apenas un tablón) y había chabolas ocupadas por varias familias que incluso cocinaban en el interior, sin agua corriente, luz eléctrica ni alcantarillado. Las jornadas laborales eran terribles -diez horas y media en invierno, trece en verano-, las neumonías devoraban a los mineros, los accidentes dejaban un reguero constante de heridos y muertos.

A la dureza se le añadían los abusos de los patronos. Por ejemplo, los mineros estaban obligados a hacer la compra en los economatos de la empresa, que aplicaba precios abusivos (hasta un 40% más caros que en Bilbao) y los restaba de los sueldos, que se quedaban en migajas. Por eso la Margen Izquierda fue terreno abonado para el sindicalismo más peleón. Los mineros vizcaínos organizaron en 1890 una de las primeras huelgas generales de toda España. El general Loma, encargado de reprimir el levantamiento, conoció de primera mano las condiciones de vida de aquella gente -“en estas casas no deberían vivir ni los cerdos”- y terminó mediando en la negociación. Se concedió a los obreros libertad para comprar y vivir donde quisieran y se redujo la jornada a una media de diez horas.

Esas miserias las conoció Antonio Yunquera, 85 años, que empezó de minero con 15 pero ya mamaba los dramas mucho antes: “Mis primeros recuerdos son los de mi padre cuando llegaba reventado, empapado y con los choclos [las botas] cubiertos de barro. Si tocaba picar mineral y cargarlo, daba igual que cayera un chaparrón, había que picar y cargar desde la mañana hasta la noche.. Yo vi eso desde chaval. En la escuela, a los que teníamos el padre en la mina nos dejaban salir una hora antes para llevarles la comida. Y nosotros, con 13 o 14 años, queríamos empezar a trabajar cuanto antes para ganar algún dinerillo. Es que en las casas había muchos hijos y mucha necesidad. Y por ahí vinieron las huelgas: por la necesidad. Subían el pan cinco céntimos y se montaba una tremenda, pero siempre daban la cara los que más necesidad tenían. Había esquiroles, claro, y buenas palizas se llevaban. Era muy duro, porque en las huelgas aparecía la Guardia Civil y se llevaba a unos cuantos al cuartelillo. Y allí dentro nadie sabía lo que pasaba. Pero mereció la pena, porque gracias a las huelgas se consiguió todo lo que tenemos ahora: jornadas de ocho horas, buenos sueldos, vacaciones… Y la jubilación, porque entonces a los viejos sólo les quedaba pedir. Si no podías trabajar, no cobrabas. Yo recuerdo una imagen muy dura: aquellos pobres viejos, después de toda la vida en la mina, que bajaban cojeando por la carretera para ir a pedir limosna a Las Arenas o a Portugalete”.

La memoria de aquellos tiempos está guardada en el Museo de la Minería de Gallarta. Doce o catorce mineros jubilados se reúnen los viernes para reconstruir los viejos elementos de su oficio. Antonio, a sus 85 años eléctricos, es el mayor de todos y el héroe aclamado del grupo: trabaja en el taller todos los días. Carmelo Uriarte, el presidente, señala un montón de herrajes torcidos y oxidados: “Te parecerá chatarra, pero con eso vamos a reconstruir otra vagoneta. Porque aquí no creamos nada nuevo. Todo lo que ves -vagones, caballetes de tranvías aéreos, fraguas…- es material auténtico. Rescatamos piezas que están perdidas o enterradas en las galerías y las volvemos a ensamblar con las técnicas y las herramientas de antes”. Este patrimonio se ha recuperado gracias a la tarea voluntaria de esta cuadrilla de jubilados. Entre ellos se toman el pelo, pero Carmelo les rinde justicia a media voz: “Son unos auténticos artesanos, unos genios. Pero ya nos vamos haciendo viejos y quizá ésta sea la última vagoneta que se reconstruya jamás”.

Carmelo y sus compañeros saben que con el trabajo de los últimos veinte años han cumplido un acto de justicia: recordar que la prosperidad de Vizcaya se levantó sobre los hombros de aquellos mineros.


Monte Intxaurtxua (Bérriz)

Las raíces de una vida

Todos los días del año, con pocas excepciones, el carpintero destajista Juan Reguillaga Arruabarrena se echa a los bosques de Vizcaya y anda dos o tres horas. No camina a paso de montañero: abandona los senderos y va husmeando entre los árboles, los helechos y las zarzas, se agacha a menudo, escarba la tierra y patea tocones. “Son andares de zorro”, dice. Busca raíces muertas, la materia prima de su arte y de su vida.

Juan obedece las instrucciones del sol. Se planta en mitad del camino, levanta el brazo izquierdo, apunta con el índice hacia lo más alto y fija su mirada en la bola de luz. Está acostumbrado al resplandor. Algunos de los acontecimientos más importantes de su vida le han llegado mirando directamente al sol. “Al principio lo veo allá arriba, pero después de un rato voy notando cómo la luz se desparrama, va cayendo hacia el bosque, y así me indica dónde están las raíces”, explica. Se gira y señala una ladera cubierta de helechos. Camina rápido hacia esa zona y rebusca hasta encontrar una vieja raíz de roble que asoma entre la vegetación. “Después de tantos años ya adivino la forma que va a tener la raíz cuando la desentierre. Ésta va a tener apariencia de perro. Ya verás”. Primero le da unas patadas para comprobar si está suelta o agarrada, la mueve con la mano, busca alrededor alguna rama (nunca lleva herramientas) y escarba con ella la tierra para ir liberando la raíz.

Estamos en Intxaurtxua, una pequeña colina de Bérriz cubierta por un pinar de repoblación. Asoman aquí y allá, entre la alfombra de helechos, algunos brotes de roble que no llegan a crecer porque la explotación maderera no les deja. A Juan le gustan especialmente las raíces de los pinos y los cerezos, aunque también busca las de los castaños y los robles. En estos parajes ha sacado muchas pero últimamente no acostumbra a venir por aquí: “Es que suele andar mucha gente y yo prefiero trabajar solo. En temporada de setas ni me acerco. Suelo recoger níscalos y hongos, pero cuando busco raíces me voy a sitios más solitarios, a los bosques de Oiz, de Otxandiano o de Forua, me salgo de los caminos y me meto entre las zarzas, los helechos y las argomas para andar tranquilo. Y prefiero que llueva: menos gente. A veces los baserritarras [los campesinos] me ven buscando algo y me dan el alto, me echan y hasta me amenazan. No están a favor de la cultura”.

Cuando una raíz se resiste, Juan la deja en su sitio. Esperará a que las lluvias se cuelen por la tierra que ha removido alrededor y vayan soltándola. Pero esta vez ha habido suerte: después de varios tirones, la raíz de roble sale con facilidad. Con una ramita va quitando la tierra adherida y empieza a interpretar las formas de la madera. “Mira, te lo había dicho: ¿no ves aquí el morro y las orejas? Y esto podría ser la boca”. A ojos de Juan, la raíz se va convirtiendo en perro. Después de desbastar un poco la pieza, la levanta como un trofeo y mira al cielo. “¡Fíjate! En cuanto saco la raíz, el sol aparece entre las nubes y pega con mucha más fuerza. ¿Lo has notado?”.

Después se toma un tiempo para cubrir el agujero del que ha sacado la raíz. Lo tapa minuciosamente con tierra, ramas y helechos. “Lo hago siempre”, explica, “porque no quiero que se lastime el ganado y porque siempre dejo el monte como estaba. Alguno te dirá que soy un loco que anda por ahí estropeando el bosque. Pero no es verdad. Esto no es una cosa de locos, es arte. Sé bien lo que hago y cuido mucho el bosque. Yo creo vida. Saco raíces muertas, siempre muertas, y al convertirlas en esculturas les doy una nueva vida”.

Juan decidió dar vida a las raíces porque ellas le dieron la vida a él. Le dieron una segunda existencia: “Yo ahora tengo 13 años”, dice. Su primera vida empezó el 28 de febrero de 1948, cuando nació en el caserío Mendibil de Leaburu (Guipúzcoa), y terminó el 28 de octubre de 1993, cuando cayó al vacío desde lo alto de una escalera, en una obra de Gernika, y quedó en coma tres días. Cuando despertó y lo llevaron a casa, pensó que iba a permanecer atado para siempre a una silla de ruedas. “Estaba medio inválido. Tenía todo el costado y el brazo izquierdo hechos polvo, no los podía mover, no andaba, me arrastraba como podía. Y menuda situación: tenía cuatro hijos, acababa de montar un taller de carpintería, debía pagar el alquiler de la casa… Y yo no valía para hacer nada”.

Un día salió de su casa de Elorrio y entró, con el cuerpo encogido, medio a rastras, torcido de dolor, a un bosque cercano. Sólo pudo recorrer trescientos metros. Pero allí encontró una raíz muerta. La tocó, la movió y empezó a sentirse cada vez mejor. Volvió a casa caminando de pie. Y en ese momento, hace trece años, comenzó su segunda vida.

Juan asegura que a través de aquella raíz recibió la fuerza y la vida que le transmitían sus difuntos padres. Con 4 años perdió a su padre Esteban. Con 18, a su madre María Josefa. “Yo sabía que mis padres me iban a ayudar en aquel momento tan malo”, dice, “y descubrí que a través de las raíces puedo conseguir lo que más deseo. Yo echaba mucho de menos a mis padres, quería estar con ellos, y lo deseaba con tanta fuerza que un día me quedé mirando al sol y allí se me apareció el rostro de mi madre”.

Desde aquella aparición, suele arrodillarse a menudo para rezar mirando al sol. A veces se coloca una gran raíz a modo de máscara y mira a través de dos huecos. Entonces nota que el rostro se le transforma en rostro de gato o de tigre. Ha visto a sus padres otra media docena de veces, en algunas ocasiones al padre, en otras a la madre, siempre a las dos y media de la tarde, casi siempre mientras miraba fijamente al sol y alguna vez en el interior de su taller. “Es que en el taller he tenido dos intoxicaciones”, explica, “porque es un local muy pequeño y sin ventilación, y como trabajo con barnices y disolventes, un par de veces se me aparecieron mis padres y luego perdí el sentido. Con el disolvente suelo tener apariciones, sobre todo con el de la marca Valentine”.

El taller de Juan es digno de ver. Y él está encantado de recibir visitas. Se encuentra en la calle Bilbao número 15 de Bérriz, al pie de la carretera nacional, junto a un oportuno semáforo. En los festivos, cuando Juan pasa los días y las noches en el taller, coloca sus obras en la cuneta a la vista de los paseantes y los conductores que se detienen con la luz roja. A quien tenga interés, le mostrará las raíces con formas de animales (están a la venta), y a quien tenga mucho interés le explicará cómo en algunas raíces también ha descubierto los rostros de sus padres y la imagen de una Virgen y de un Cristo (éstas nos las vende, claro, aunque las ha regalado a “personas especiales”). También le enseñará el taller, un cubículo estrechísimo forrado de fotos y carteles, repleto de velas, estatuillas de santos y vírgenes, imágenes de soles, raíces desperdigadas por las esquinas –algunas barnizadas y brillantes, otras húmedas y terrosas-. El olor denso a madera y a disolvente, el silencio acorchado de la madriguera, la penumbra atravesada por los chorros de luz que se cuelan por los ventanucos, forman un ambiente propicio para las apariciones.

La mayoría de sus fotos -guarda miles- son imágenes del sol, de las nubes, de reflejos en los cristales. Juan tiene la vista muy entrenada para descifrar los brillos y descubrir rostros. Sabe que donde él ve la sombra de su padre, que le sigue pegado a los talones, los demás sólo vemos la sombra de una señal. No le importa mucho. Sabe que le acusan de loco, que le ignoran o que se ríen de él. Antes se enfadaba, pero cada vez menos. Porque a él le pasó lo que le pasó, un milagro, y eso no cambia aunque los demás no le crean. Y no se va a callar: tiene la misión de contarlo, de relatar las apariciones de sus padres, la magia de las raíces, el encadenamiento de milagros.

Por ejemplo: “Una de las veces en las que me intoxiqué y perdí el sentido, mi hijo vino por casualidad al taller y me salvó. Eso fue un milagro. Cuando se lo conté a Javi, el enterrador de Etxebarri, que es amigo mío, le impresionó mucho. Como vi que tenía fe, le regalé una raíz en forma de dinosaurio y un rosario que compré en la Colegiata de Cenarruza. Y por haberle hecho ese regalo, al día siguiente se me aparecieron a la vez mi padre y mi madre”. En el fondo, Juan llama milagro a la sucesión de actos de bondad y agradecimiento. Parece difícil despreciar esa idea.

Y hasta reviste de milagro la visita de un periodista. Porque así su historia saldrá en los papeles, la conocerán otras personas y le vendrán más visitas: más milagros. “Me ha costado mucho dormir esta noche. Me puse muy nervioso cuando me dijiste que querías hacerme un reportaje”, confiesa al final del paseo por el pinar de Intxaurtxua, cuando volvemos al taller. Luego duda un poco y habla con un punto de timidez. “Me gustaría regalarte una raíz”. Le digo que no hace falta, que para mí ha sido un paseo muy interesante, que le estoy muy agradecido. Pero Juan ya ha elegido una, la más grande, una preciosa columna que crece con varios brazos sinuosos, como una llamarada de madera, hasta alcanzar un metro de altura. “¿Dónde la vas a poner?”, me pregunta. “No sé, quizá en el jardincito que tienen mis padres”. Sin darme cuenta, he tocado la tecla precisa. A Juan se le ilumina la cara. “¿Se la vas a dar a tus padres? Pues espera, espera”. Y entre las raíces que tiene colocadas en la cuneta escoge otras dos, un poco más pequeñas, pero igual de hermosas.

Insiste en cargar con todas las piezas hasta mi coche, no deja que le ayude. “Juan, por favor, ya llevo yo alguna, que pesan un montón”. “Pesan un montón, ¿eh? Pues yo he cargado con raíces como éstas durante kilómetros y kilómetros por el bosque. Yo, que estaba medio inválido”. Comprendo que no debo ayudarle. Cuando deja sus obras de arte en el maletero, me estrecha la mano y las señala: “Si esto no es un milagro, yo tendría que ser un fuera de clase”.


Monte Escamelo (Pipaón)

El hombre de las doscientas fuentes

Hace una quincena de años, Javier Etxepare Mendigaldu decidió que ni él ni sus colegas cazadores volverían a pasar sed en el monte. Desde entonces ha construido dos centenares de fuentes en las montañas de Álava.

Entre las hayas aparece una hondonada de barro negro, encharcado, revuelto, de unos cuatro metros de largo por dos de ancho. En la parte más baja hay una pequeña base de cemento, con una tubería de la que no mana agua. “¡Ya me han fastidiado la fuente los jabalís!”, dice Javier Etxepare Mendigaldu. “Vienen a esta charca a bañarse, se revuelcan y a veces me mueven la tubería. Voy a tener que fijarla mejor. Ya tengo trabajo para esta semana”.

Javier suele venir al bosque con azada, hoz, paleta, tuberías y algo de cemento. No es que nadie vaya a pasar sed si no arregla esa fuente, porque en los alrededores hay bastantes más. Le pregunto cuántas ha construido en esta ladera norte del monte Escamelo. Se para un momento, las va contando entre dientes, una a una, y responde: “Diecisiete”. Diecisiete fuentes en esta pequeña zona de la sierra de Cantabria-Toloño. Alrededor de doscientas en toda Álava y en la vecina sierra navarra de Codés. Y no sólo las construye, también las mantiene.

Todo empezó hace una quincena de años, cuando andaba a la paloma con sus compañeros cazadores. Iban sedientos por el monte y encontraron tres charcas de las que apenas se podía beber. Javier les hizo una promesa: “¡La próxima vez que vengáis aquí tendréis una fuente!”. Y así es la gente de palabra: la empeña en un compromiso noble -incluso evangélico: dar de beber al sediento- y la mantiene para el resto de sus días.

Javier Etxepare Mendigaldu, de 68 años, tiene una biografía peculiar que arranca con la explicación de sus propios apellidos. A los cuatro días de nacer lo dejaron en una cesta en la puerta de un caserío de Asteasu (Guipúzcoa), en el que una mujer acababa de dar a luz. “Mi madre debía de ser alguien de la zona, porque ya sabía en qué casa convenía dejarme para que me amamantaran”, explica. En la cesta venía una tarjeta con su nombre, Francisco Javier, y de los apellidos se encargaron el juez y el cura: “Me pusieron Etxepare, porque me habían dejado junto a una casa, y Mendigaldu, perdido en el monte”. Lo adoptó una familia que a los pocos años se trasladó a vivir a Rentería, y allí, con diez o doce años, se enteró de su origen. Cuando más tarde empezó a trabajar en la Papelera Española, de vez en cuando una señora llamaba a la fábrica para saber si Javier estaba bien. Cuando le preguntaban quién era, la señora colgaba. “¡Ya ha vuelto a llamar tu madre!”, le decían a Javier.

Después de casarse se marchó con su mujer a Vitoria, a la fábrica de neumáticos Michelín, y allí trabajó durante 32 años hasta que se jubiló con 56. Cuando salía de la fábrica solía echar una mano en la ferretería que llevaba su mujer, ponía persianas y cerraduras, y en los ratos libres salía a cazar, a buscar setas y luego a construir fuentes. Javier es un hombre inquieto -“no puedo parar ni un día”- y en cuanto puede se echa al monte. “Los chavales me dicen que lo deje ya: que vas para viejo, que un día te has de perder, te has de cascar una pata y nunca sabemos dónde estás. Me dicen que lleve un teléfono pero yo no quiero. Además, donde yo ando no hay cobertura. Claro, como nunca saben si vuelvo a comer o no… A veces se me hace tarde y como algo por ahí, que unas alubias y un filete te sacan en cualquier lado. En casa saben cuándo salgo pero no cuándo entro”. De todos modos, se ve que el apellido Mendigaldu fue una especie de vacuna infantil: no parece fácil que este hombre se pierda. Conoce todos los rincones del monte, las hondonadas, los senderos, los pedruscos que le indican el camino a los setales más secretos y prometedores.

Paseamos a través de un hayedo que se extiende por la vertiente norte de la sierra de Cantabria o de Toloño, en tierras de Pipaón y Lagrán, rozando la muga con La Rioja. Aquí trabajaron duro los carboneros; hoy en día, salvo las entresacas de hayas que se hacen para limpiar el bosque y repartir lotes de madera entre los vecinos, no hay más actividad que la de los paseantes y los cazadores, que en época de pasa suben a los puestos de palomas. El hayedo, salpicado aquí y allá por matas de boj, helechos y algunos acebos, está espléndido. El sol se enreda en los ramajes y en cualquier rincón estalla un juego de destellos, sombras y chorros de luz.

Javier camina a buen ritmo, con un bastón y una hoz. Otros días suele acompañarle su perra, una setter que ya está mayor: “Tiene doce años y el día que se fastidie me va a traer muchas lágrimas”, dice. “Hace poco vimos unos corzos y la perra se quedó quieta, mirándolos un buen rato. Cómo disfrutó…”. Sin dejar de andar en ningún momento, cada pocos metros Javier se agacha y da un golpe de hoz a alguna zarza que se asoma al camino. O aparta alguna piedra. De vez en cuando sale del sendero y nos metemos por la ladera en busca de alguna fuente. Algunas están visibles y próximas al camino, otras quedan bastante ocultas. “Los paseantes no las encuentran, porque no salen de la pista, pero los cazadores y los buscadores de setas ya saben dónde están. Y menudo gusto, cuando se han dado la soba y tienen un chorro tan bueno para beber”. Javier se agacha junto a la fuente y siega la vegetación que ha ido creciendo en el entorno. Luego, con la punta de la hoz, rasca el interior de la tubería para limpiarla de musgos y tierrillas.

Las fuentes siempre brotan en alguna hondonada, donde fluyen las aguas que se escurren monte abajo. Algunas son muy modestas -una pequeña tubería incrustada en una piedra- y otras más vistosas -con grandes bloques de rocas, helechos decorativos y hasta un pilón-. De algunas mana un buen chorro todo el año y en otras sólo en invierno o cuando llueve mucho. Eso sí, todas lucen una plaquita metálica en la que Javier graba el nombre de la fuente y firma con su apellido. “Pregunto a la gente de los alrededores cómo se llaman los sitios y les pongo el nombre: el Pradico, el Matical, el Bujo, el Mayordomo…”. Todas las fuentes tienen también un recipiente para beber: tarros de barro o jarras de vidrio que Javier guarda en algún hueco entre las piedras o cuelga en una rama próxima. O deberían tenerlas, porque hay quien se las lleva. “Las mujeres del pueblo, cuando vuelven de dar el paseo, me avisan: ¡Etxepare, te han robado una jarra! ¡Etxepare, tal fuente pierde agua! Y también me ayudan: ¡Etxepare, te hemos limpiado de hojas aquella fuente!”.

Javier pasa muchos días al año de caza, a la paloma, a la becada, al jabalí, o buscando setas. “Cuando la gente dice que no encuentra nada, yo siempre lleno la cesta de hongos o perretxikos; claro, porque ellos apenas se alejan del camino y Etxepare se pasa tres o cuatro horas de rodillas debajo de los bojes”. Aprovecha esas jornadas para mirar si las fuentes necesitan algún arreglo. Y aunque en esta ladera haya abierto nada menos que diecisiete, sigue con el ojo atento tratando de localizar puntos para nuevos manantiales.

“Allí tengo que hacer una, ¿no ves la zapaca?”. Las zapacas son las zonas de tierra mojada, embarrada, donde se acumula el agua de la ladera. Él las despeja con la azada, hasta encontrar el cauce, coloca la tubería para recoger el agua y construye la fuente con piedras y cemento. Todo el material lo paga de su bolsillo -“así no me lo gasto en vino”, ríe- y lo sube monte arriba con sus propios brazos, aunque a veces pide a algún vecino que le ayude con el tractor si tiene que transportar sacos muy pesados.

El resultado de tanto esfuerzo le llena de satisfacción: “La verdad es que las fuentes están bonitas, así, rústicas, y es un gusto venir al monte y beber unos tragos de agua tan rica, tan cristalina. Además, el agua que corre nunca es mala. Alguna vez la he llevado a analizar a un laboratorio y me han dicho que es excelente. Hay quien se queja, oye, Etxepare, que ayer bebí de tal fuente y me ha dado dolor de tripas. Pero eso es porque aquí el agua sale helada, y si vas acalorado y bebes mucho, te hace daño. El agua fría hay que masticarla”.

Los cazadores y los vecinos le dan las gracias a menudo por su trabajo. Y también ha recibido reconocimientos oficiales. En Pipaón, pueblo al que llega una tubería con agua de cinco fuentes abiertas por Javier, el ayuntamiento organizó un homenaje para agradecerle los trabajos que se toma en el cuidado del bosque. También le homenajearon los ayuntamientos de Lagrán y Peñacerrada. Le dieron comidas y placas, pero Javier no es hombre de muchos discursos. “A los del pueblo sólo les dije una cosa: cuidad el agua, que es oro. Cuando no esté yo para hacer las fuentes, entonces ya veréis”. Se lo piensa un momento y añade: “Bueno, qué narices, cuando yo no esté ya saldrá otro loco a cuidarlas”.