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viernes, 8 de mayo de 2015

Informar sobre tragedias

Decálogo de recomendaciones para informar sobre tragedias en la era digital

A partir de las conclusiones extraídas del XVII Laboratorio de Periodismo de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM), que trató sobre “Tragedias y periodistas en la era digital” y se celebró el pasado 7 de mayo, la APM aporta el siguiente decálogo de recomendaciones para informar sobre tragedias como las recientes del accidente ferroviario de Santiago de Compostela, la crisis del ébola, los atentados del “Charlie Hebdo”, la catástrofe del avión de Germanwings y el terremoto en Nepal:

  • Es imprescindible redoblar la atención a las reglas tradicionales del periodismo ante el cambio radical del escenario de la comunicación producido por la implantación de las redes sociales y las nuevas tecnologías.

  • Pese a las exigencias de inmediatez, los errores proceden de la falta de verificación, rigor y precisión. El contraste de fuentes sigue siendo una exigencia primordial y, ante la sobreinformación, la capacidad para distinguir cuáles son fiables es trascendental.

  • La prudencia debe subyacer ante las prisas inherentes a lo digital por informar de inmediato. El rumor y la especulación en los casos de tragedias y catástrofes no se convierten en noticia hasta que lo confirmen fuentes oficiales.

  • Los periodistas deben extremar su compromiso ético para distinguir fehacientemente qué deben contar, cuándo y cómo. Somos responsables de lo que contamos.

  • Los periodistas deben respetar el espacio y el dolor de las víctimas y sus familiares, solo acceder a ellos con su consentimiento previo y actuar con empatía a la hora de relacionarse e informar. Hay que tener siempre en cuenta que las víctimas son las grandes perjudicadas.

  • Solo se deben ofrecer imágenes impactantes cuando aporten información y valor añadido. No es aceptable emitir repetidamente en bucle las imágenes de las víctimas. Nunca hay que olvidar que detrás de las catástrofes hay personas.

  • Hay que respetar el enfoque de género en las imágenes con que se ilustran las desgracias, ya que suelen aparecer más mujeres que hombres, acentuando este hecho el cliché de la debilidad femenina.

  • En los casos de atentados, los periodistas deben evitar que los terroristas se conviertan en los protagonistas de las noticias, poniendo también cara y circunstancias a las víctimas.

  • Los periodistas deben extremar el cuidado y repensar si es conveniente la publicación de información sensible en las redes sociales. Hay que tener en cuenta que esa información puede ser valiosa para los terroristas.

  • La coordinación entre los portavoces de las autoridades y los periodistas para despejar bulos en las redes sociales es fundamental.
  • Se debe exigir la máxima transparencia a las autoridades a la hora de transmitir información. La ausencia de información cierta o su ocultamiento propician que se recurra a fuentes poco o nada fiables.

  • Los gabinetes de prensa de las distintas autoridades deben liderar el proceso informativo y hacer frente a la incertidumbre de la ausencia de información sobre la tragedia.

  • Los medios deben informar sobre las “tragedias invisibles”, como, por ejemplo, las enfermedades prácticamente desconocidas hasta el momento en el que se convierten en epidemias.

  • Hace falta una mayor autocrítica entre los periodistas: pese a que los errores en los sitios webs se pueden corregir, durante el tiempo que han estado publicados son susceptibles de dañar a algún ciudadano.

  • Los periodistas que cubren tragedias y catástrofes pueden sufrir “shocks” emocionales u otros traumas. Por ello, es necesario que, al igual que sucede con otros colectivos que se enfrentan habitualmente a ellos, se extienda a los profesionales de la información la posibilidad de recibir ayuda psicológica in situ y a posteriori.


En este Laboratorio de Periodismo de la APM, que fue moderado por Nemesio Rodríguez, vicesecretario y portavoz de la Asociación de la Prensa de Madrid, intervinieron varios expertos en este tipo de coberturas informativas como Luis Serrano, director del área de Comunicación de Crisis en Llorente y Cuenca; María Luisa Moreo, portavoz de Vost España y directora de iRescate; Pablo Herráiz, periodista de Sucesos de “El Mundo”; Carlos Fernández Guerra, periodista y “community manager” de la Policía Nacional; Francisco Javier Barroso, periodista de Sucesos de “El País”, y Alipio Gutiérrez, presidente de la Asociación Nacional de Informadores de la Salud (ANIS).

Madrid, 8 de mayo de 2015

miércoles, 28 de agosto de 2013

martes, 2 de abril de 2013

Sobre 'Hiroshima' y su autor, Hersey

Hace 20 años falleció el periodista estadounidense

John Hersey, ¿el padre del Nuevo Periodismo?

A propósito de los 20 años de la muerte del periodista rememoramos el recuento de las consecuencias de la bomba atómica lanzada en Japón en 1945, recogido un año después por Hersey en 'Hiroshima'.

Por: Juan David Torres Duarte
John Hersey solía, durante las clases individuales que impartía a sus estudiantes en Yale, escribir notas al margen de las páginas que le presentaban. Discutía posibles yerros —en ese entonces, mitades de los setenta, Hersey era profesor de ficción— y sugería ciertos cambios. Luego, cuando terminaba la charla, borraba las notas al margen. Decía —desde que había escrito Hiroshima en 1946 para la revista The New Yorker— que los datos superficiales, los meros datos, eran olvidados en breve. En cambio, las emociones, las imágenes, la personalidad y las impresiones se grababan de verdad en la memoria. Quizá por ello borraba las notas: porque si no estaban escritas en la memoria y en la sensibilidad, no servirían jamás de nada. (+)

lunes, 1 de abril de 2013

La historia del carpintero y las 12 sillas

¿Qué hacer el primer día de clase de un curso de periodismo?

Roberto Herrscher


Primero, una aclaración necesaria: “qué hacer” es una pregunta bien grande. Lenin, un candidato presidencial, el líder de una secta o de una nueva corriente artística se animan a indicarnos qué hay que hacer. Yo soy de la tribu de los “y yo qué sé”. Me atrajo el desafío de FronteraD, pero la acepto con la condición de que lo mío se transforme en un “esto es lo que hago yo; después cada uno que haga lo que le surja”.

Con esa premisa, que me libera de miedos, parto a contarles lo que suelo hacer en ese día en que los que llevamos bastante dando clases (yo casi un par de décadas) todavía nos inspira respeto: el primer día.

¿Qué hacer después del “buenos días”?


*          *          *

Los nuevos alumnos entran al aula con cautela, como si estuvieran pisando vidrios rotos, y se sientan en las sillas dispuestas en forma de herradura. Los alumnos del Máster en Periodismo de la Universidad de Barcelona, que dirijo, suelen venir de una decena de países y un puñado de idiomas, y algunos están casi tan nerviosos como yo.

Primero, propongo la habitual rueda de presentaciones: en un minuto, que cada uno nos cuente a los demás quién es, de qué planeta viene y por qué está aquí. Algunos recitan su currículum, otros piensan que hay que hablar bien del programa. Pero en cuanto uno cuenta una historia, los siguientes se dan cuenta de que tienen esa libertad: a lo largo de los años he oído historias sobre conversaciones con el abuelo, sobre discusiones con la jefa, sobre una frase inspiradora de un maestro, o sobre el estado del periodismo en su país (sobre todo si el país es Venezuela).

Y entonces, cuando creen que el ejercicio terminó, es cuando realmente comienza.(+)

La senda torcida del nuevo periodismo

La senda torcida del nuevo periodismo

La generación de reporteros que revolucionó la profesión en los sesenta vive un resurgir editorial

Lo que pretendía ser una feroz invectiva suena hoy a notable definición del nuevo periodismo: “[Es] un estilo bastardo que juega a dos bandas, explota la autoridad fáctica del periodismo y crea atmósferas propias de la narrativa”. Lo escribió en 1965 Dwight Macdonald en Paraperiodismo, o Tom Wolfe y su máquina de escribir mágica, artículo publicado en las páginas de The New York Review of Books para salir en defensa de otra venerable institución de la prensa de Manhattan, The New Yorker, cuando esta fue objeto de la iconoclastia a prueba de bomba (o casi, como se verá) de Wolfe.
El reportero de la afectada elegancia sureña y el traje blanco había publicado un hilarante texto titulado Pequeñas momias, motivado por un diálogo escuchado en la redacción de una joven revista de la ciudad que incluyó esta sugerencia del coloso del periodismo de los sesenta Jimmy Breslin: “Quizá deberíamos volar por los aires el edificio de The New Yorker”, dijo. Los chicos no llegaron a tanto, cierto, pero tampoco se cumplió la profecía de Macdonald: “Wolfe no será leído con agrado, o leído a secas, dentro de unos años, quizá el año que viene”. (+)

miércoles, 5 de diciembre de 2012

jueves, 23 de febrero de 2012

El periodismo en que creo

Escribe Ramón Lobo en su blog:
No creo en los textos muertos, planos, escritos desde el ego, desde la soberbia de quien no sabe ni le importa no saber en un mundo en el que la cultura parece un desafío. No creo en el periodismo que se escribe para las fuentes, para los jefes, para medrar, figurar y ganar premios; no creo en los periodistas que piensan que lo más importante de una guerra es que ellos han llegado a ella.
Solo creo en el periodismo que se escribe desde la humildad necesaria para que el lector, o el televidente, se informe mejor. Creo en el periodismo que recoge las voces de los que importan, de las víctimas, de los nadies. Creo en el periodismo de contextos, sea una guerra, una subida de impuestos o un edificio que se cae en tu ciudad. Creo en el periodismo que denuncia las voces y las manipulaciones publicitarias de los cobardes, de los que blablabean para salir en portada con decires vacuos, los que diplomatean para no dar la cara, para no arriesgarse.
Marie Colvin era una reportera con la pasión necesaria para ejercer este trabajo desde la primera línea de la injusticia. Con ella se apaga un poco un tipo de periodismo en el que el texto, su calidad y veracidad eran sagradas. Hemos sustituido el comprobar-comprobar-comprobar por un  retuit de la muerte de Manu Leguineche, que afortunamente resultó ser tan falsa y precipitada como la de Mark Twain.
Colvin siempre defendió la necesidad de ir a las guerras, al corazón del hambre, a la esencial noticia, a donde se huele sin mascarilla. Sin esos ojos que vigilan, descubren y denuncian la barbarie invisible para la mayoría, los asesinos se sienten impunes; como en Srebrenica, Homs y Darfur, como en tantos sitios.
No leo los textos sin emoción, ese mecanismo literario que permite al lector sentarse junto al periodista, vivir con él, sufrir con él y con las personas que pueblan su historia. Necesito esa emoción para escribir, para defenderme de la grisura, de los decretos-ley, de los políticos que mienten, de las gobernadoras civiles que mandan apalear, de los policías que agreden a niños, de los ministros de (in)Cultura que en las pocas semanas que lleva en el cargo acumula tantas tonterías que al verle me acuerdo de Forrest Gump.
Este mundo necesita de personas como Marie Colvin, de periodistas inmensos como Juan Carlos Gumucio, que fue su marido, de Miguel Gil y Ricardo Ortega, de reporteros que no se pliegan, que defienden el fuerte, porque su responsabilidad última es el lector y su conciencia. Y eso no está en venta.

Se puede leer aquí.